viernes, 25 de julio de 2008

Libro nuevo, libro viejo

Tendría yo unos 15 años, pleno agosto, nueva amiga y su cumpleaños acechando. Entre otras cosas, decidí regalarle un libro, un título concreto que sabía que le gustaría: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Allá fui de librería en librería por toda mi antigua ciudad gallega y, en una tras otra, encontré lo mismo: agotado, quizás descatalogado y mi ánimo por el suelo ante tan malogrado regalo. Hasta que me topé con un dependiente que me remitió, con seguridad de éxito, a la librería de viejo. Y allá fui, cansada, por la calle de la amargura (literalmente, así se llama). Era un local pequeñito, atiborrado, en plena Ciudad Vieja, con un librero que se intuía tras un mostrador que lo ocultaba casi por completo. Sonriente (cada vez tan sonriente), calmado y con una voz que todavía hoy recuerdo me dijo que sí, que lo tenía, y se fue derechito al estante (sin mirar la ubicación en el ordenador porque básicamente no tenía). Fue la primera compra.

Me hice cliente habitual (toda mi familia de tres), siempre con descuento ante las pilas de libros que encontrábamos cada vez. El día que destinaba a la librería de viejo era un día obligatoriamente feliz. Cruzaba la ciudad, a veces a pie, a veces en autobús, y al llegar a la empinada calle, entre el cansancio, surgía el nerviosismo de la nueva búsqueda. Abría la puerta, el mostrador atiborrado, la sonrisa tapada por libros y ese continuo ruidito de estar rascando páginas (deduzco que lo que rascaba eran etiquetas y precios anteriores). Nos reconocíamos, nos saludábamos y a veces yo recibía la reprimenda del tiempo. Pasillo adelante, tan estrecho, con la escalera temblorosa para los últimos estantes, me sumergía con certeza en las secciones (nunca identificadas, por supuesto, pero conocidas al dedillo) a la espera del libro. Lomo a lomo, hasta que los ojos saltaban: el libro en la mano, la revisión obligada y a la pilita de los que me llevaría.

Por lo general iba sencillamente a la búsqueda de la sorpresa, pero hubo ocasiones en que pedí títulos concretos y conseguí maravillas: mi doble tomo del Ulises de Lumen, Crimen y castigo con una encuadernación especial y bajo revisión de Borges, un compendio de Shakespeare que es para babear...

Buena parte de mi biblioteca tiene el sello de aquella librería. La que más recuerdo, la que más extraño, de la que me despedí hace ya varios años. Sin duda, una de mis grandes morriñas. Desde entonces busco con empeño librerías de viejo. ¿Cómo comparar las nuevas, enormes, con sus secciones bien diferenciadas y sus góndolas monotemáticas, con una de olor antiguo, desordenada, con uno o dos ejemplares de cada título?

Qué placer conseguir un nuevo libro viejo.

Un moucho

4 comentarios:

Raúl dijo...

No hace demasiado, escribí en otro blog, sobre mi frutración al no vivir en una ciudad que tenga librerías de viejo. El no poder decirles adiós a mis libros sabiendo que con la despedida les doy una nueva y quizá brillante vida, es una pena.

Rayuela dijo...

Yo también lo extraño ahora; al trasladarme fue casi lo primero que pregunté y, desgraciadamente, las respuestas fueron del tipo: "¿para qué?". El encanto y los mundos viejos y nuevos que encierra una librería de viejo... es imposible compensar con una FNAC o Casa del Libro.

Soy reacia a desprenderme de mis libros (en general, me cuesta desprenderme de cualquier cosa), pero cada vez que compro uno de segunda mano no puedo evitar pensar en su dueño anterior, en los motivos por los que terminó ahí, en esa lectura de varias miradas.

Raúl dijo...

Fíjate; a mí me asusta comprar libros de segunda mano. Es una especie de animismo. Siempre sospecho que con él, se cuela en mi casa otra vida.
Por lod emás, también a mí me cuesta desprenderme de lo mío. Soy más dependiente de lo que quisiera a los sentimientos.

Rayuela dijo...

Es curioso lo que cuentas sobre tu "animismo". Muchas veces al leer los textos que escribes en tu blog siento como si estuviera mirando las vidas de otros a través de una ventana. Como si al verlos, comenzara a imaginar cómo son y cómo viven; es decir, como si me colara yo en sus casas. Por eso me ha chocado saber que no te gusta comprar libros de segunda mano por temor a que otra vida entre en tu casa.

Es curioso cómo percibimos y las conclusiones que, sin querer, sacamos de los demás, ¿no?

Saludos al final de la mañana.

 
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