jueves, 12 de febrero de 2009

Casa tomada

Mi primer recuerdo es un objeto verde, erizado y húmedo. Cronopio. El oso grande y peludo del que jamás dudé que fuera capaz de deslizarse por las cañerías; era así, naturalmente. El manual de instrucciones. Cómo llorar (tres minutos). Cómo dar cuerda al reloj (ese pequeño infierno florido). Cómo tener miedo (esa página en blanco anunciadora de muerte). Cómo subir una escalera (la difícil combinación del pie y el pie). Después, la demoledora tristeza del cronopio a la salida del Luna Park, ay, con la tostada mojada por las lágrimas. A cronopio triste, servidora triste. Yo chiquita y feliz comiendo un “pancho” y viendo las piruetas de los patinadores en ese mismo Luna Park en donde el cronopio triste con el reloj atrasado. Desdichado y húmedo.

En algún tiempo impreciso me adentré en sus cuentos. El primer acceso fue por la casa; los ovillos de lana de Irene. La nube invisible que tomaba cada habitación en silencio, puerta tras puerta. Sin darme cuenta mi casa también estaba siendo tomada, con mayor lentitud que la literaria, pero con pasos (letras) certeros, seguros. Mi nube tenía rostro, despejado al principio, con barba después, y año tras año me fue tomando, como lectora, como apasionada de las palabras, como aspirante a. La lectura de su casa se produjo desde la mía, es decir, desde las manos de mis padres, ávidos de libros, amantes de Cortázar. Leí ese cuento como si estuviera ante un tesoro, ante un legado transmitido por la sangre. Por ello no puedo desprenderme de él, no puedo definirlo, tan sólo sentirlo como el comienzo, como la primera puerta por la que tomó m i casa.

Llegó Rayuela. En muy mala época. Dieciséis años, edición en tapa dura de colección barata. Hacía tiempo que no leía a Cortázar, ni siquiera me importaba. La leí entera, pero mal. Me enamoré de Gregorovius, subrayé con lápiz la mitad de las morellianas, el capítulo 7 y el 68, quedé hecha un asquito después de Rocamadour y, en general, entendí muy poco.

Pasó el tiempo, recaí en los cronopios que perdí inexplicablemente en algún lugar (prefiero pensar que ellos solitos salieron a recorrer mundo) y otra vez en sus cuentos.

Entonces ocurrió. Estaba callada y tranquila, y vinieron de repente, cada día con un poquito más de intensidad. Esas ganas irrefrenables, incontrolables, desesperadas, sí, de conocer Rayuela. En apariencia esta época sería mucho peor que la anterior, puro cambio (casa, vida, gente), todo inestable, pero no podía luchar contra eso que me salía de adentro, que me hacía saltar. Fue el primer uso de mi carnet de biblioteca de barrio (renegué de mi fea edición desangelada), lo último que leí en el 2002 y lo primero del 2003. Tres días devorados por La Maga, Horacio, Traveler y Rocamadour. Me reencontré con Ossip, pero al fin comprendí a Oliveira, me llené de subrayados mentales, lloré a moco tendido con la carta, sentí que estaba adentro. Realmente sentí que estaba dentro. Tomada por completo.

Un año y medio más tarde, bajo promesa de lectura conjunta (que no me costó cumplir), emprendí mi tercera lectura algo temerosa por el tópico de “ya no será como la primera vez”. Otros tres días devorados por el mundo-Maga, el mundo-Oliveira, el mundo-mandala-rayuela. Lo sabía todo de antemano. No importó. Porque volví a llorar a moco tendido. Saqué punta al lápiz y marqué y subrayé y abrí la boca ante el genio y el juego. Volví a sentir que estaba adentro; que, por suerte, siempre lo estaría.

Di la vuelta al día en 80 mundos, hablé con Lucas, conocí más cuentos y armé y desarmé de nuevo el 62. Comencé el 2008 con el primer plato de las cartas (subrayé, lloré, anoté signos de exclamación en los márgenes); ahora junto fuerzas para el segundo y casi odio el tercero por ser el último. Pero tengo el corazón alegre ante los papeles inesperados.

Ésta es, en versión abreviada, la secuencia de mi casa tomada. De cómo partí de la nada y terminé en la necesidad. De cómo aprendí a amar la literatura, todo lo que las palabras son capaces de crear. El porqué no me avergüenza confesarme incondicional de alguien, tener la foto en la pared para escaparme en ella cuando la hoja en blanco me persigue.

Por todo esto, pero por mucho más: gracias.

Buenas salenas cronopios cronopios.



Julio Cortázar

2 comentarios:

mariano skan dijo...

Muy bueno tu post. ESte verano estuve releyendo los cuentos de Bestiario y algunos de Final del juego y cada día me interesan más.

saludos

Rayuela dijo...

Es lo bueno de Cortázar: se lo puede releer muchas veces y en cada una se descubren cosas nuevas...

 
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