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jueves, 26 de febrero de 2009

Grandes acontecimientos lectores

El pequeño vampiro lee1. En el comienzo fue leer y escribir. Por mis padres sé que mi ilusión por comenzar la escuela descansaba en este aprendizaje; también en ello se concentró mi primera decepción estudiantil, ya que el primer día salí muy frustrada y todavía sin ese conocimiento que tanto ansiaba poseer. Luego vinieron las clases monográficas de vocales y consonantes, las mamás que mimaban y las hojas de cuaderno abarrotadas de repeticiones.

2. Años después (ya en la época de los dictados) recuerdo dos grandes acontecimientos en relación a los inicios de la lectura/escritura. El primero fue el reparto masivo de bolígrafos, ¡los sustitutos de los lápices! Ese día nos sentimos adultos: el paso del grafito a la tinta significaba una responsabilidad que nos orgullecía y atemorizaba por igual. Lo escrito, escrito quedaba. Testimonio permanente, imborrable (no se engañen: las gomas de borrar tinta anulan el error mediante el agujero, y el tippex lo hace mediante la huella blanca). La tinta nos decía que éramos mayores, se nos dotaba de un arma poderosa con la que encarar el futuro de ahí en adelante.

3. El segundo fue el momento en que la maestra anunció que debíamos escribir… “algo”, algo denso y largo, algo que saliera de nosotros. El trabajo pasaba de ser el de copiar al de redactar; ahora eran nuestras palabras las que dirigían el bolígrafo. Recuerdo con claridad lo mucho que deseaba escribir sin copiar, era otra nueva responsabilidad que me sumaba años. Adoraba las redacciones de tema libre.

4. Entre estos grandes acontecimientos rescato también las lecturas compartidas durante la infancia, el intercambio de libros entre los amigos (es por eso que son contadas las colecciones completas que llegué a tener de las novelas en serie). El pequeño vampiro, Los cinco, Santa Clara… Y cómo nos apropiábamos de los personajes en los recreos.

5.La incertidumbre de “escoger las lecturas”, de crear mi propia guía literaria. Bien mirado puede resultar algo absurdo, pero muchas veces me pregunté cómo sabría (si es que algún día lo lograba) distinguir la buena de la mala literatura, cómo averiguaría mi camino a seguir dentro de la lectura. Durante la infancia intervenían manos ajenas de forma muy directa y el colegio era un hervidero de modas; es cierto que desde pequeña me ha gustado acudir a las librerías y escoger, pero por algún motivo consideraba que esa elección carecía de verdadero peso. Miraba hacia adelante y me preguntaba qué libros me aguardarían en mi vida adulta, cómo y con qué capacidad recaería en ellos. ¿Sería capaz, alguna vez, de definir mis gustos? Sin saberlo, esos gustos ya se estaban formando entonces, pasito a pasito, a través de lecturas cada vez más complejas, más variadas.

6. Aturullarme en una biblioteca, espiar con mayor o menor disimulo (ejem) las librerías en casas ajenas, sentir que he leído poco y que mis libros son escasos, notar el latido rápido ante un descubrimiento literario, arrugarme internamente ante la desesperación de conseguir determinado título (ese deseo brutal de posesión), repetir una lectura, subrayar una frase. Abrir un libro.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Confieso

Que me hartó Cumbres borrascosas y que no soportaría estar en la misma habitación que Catherine y Heatcliff.

Pero sí viví con el corazón en un puño las desventuras (¿por qué tantas, por qué?) de Jane Eyre. En mi partido personal las cosas están Emily:0, Charlotte: 1 (aunque debería darle más puntos porque tuvo que publicar con nombre de varón).

Que no disfruté nada leyendo Madame Bovary, a pesar de los encantadores y pequeños pies de Emma.

Pero me sorprendí a mí misma al sumergirme de lleno en La Regenta, a pesar del resumen académico obligatorio que tuve que hacer de cada capítulo.

Lloré muchísimo con Werther a mis 17, pero no volvería a leerlo ahora.

En mi juventud devoraba los libros de Stephen King. Su novela sobre el hombre lobo fue una de mis peores compras y de lo peor que he leído. Creo que ése fue el punto de inflexión.

Empecé el Ulises dos veces, estoy en la mitad del primer tomo. No pienso abandonarlo.

Empecé a estudiar italiano para poder leer a Calvino en su idioma. Ay, luego vino el blog y aparqué los libros. Urgencia de retomarlos.

La primera vez que leí Rayuela... me enteré de la mitad. Gregorovius, Rocamadour, las morellianas.

No recuerdo lo primero que leí de Julio, ni cuándo. ¿Cronopios, casa tomada?

Entre mis lecturas de adolescente no estuvo El guardián entre el centeno. A estas alturas, no creo que lo lea jamás.

No he leído Tom Sawyer, sólo Huckleberry Finn (en una colección llamada La Locomotora que, en mi fuero interno, era la competencia de los éxitos de El barco de vapor).

De momento, sólo he buscado el tiempo perdido en el primer tomo. Entre mis aspiraciones están todos los restantes.

Que por hoy concluyo aquí mis confesiones lectoras a las que, seguramente, seguirán unas cuantas más.

martes, 4 de noviembre de 2008

Los más buscados

Uno de mis rituales al entrar en una librería, ya sea de las habituales, ya sea recién descubierta, es iniciar el recorrido de los "más buscados". Hablo de aquellos títulos que ni mi esperanza (cada día reforzada), ni la suerte (ese ser escapadizo), ni mucho menos el buen hacer editorial (al que en ocasiones vitupero interiormente) logran que lleguen a mis manos. Pero todavía conservo la ilusión, las ganas de corazón acelerado de encontrarlos algún día, como hechos en exclusiva para mí. Por supuesto, cuando eso sucede (porque "de vez en cuando la vida..." tiene a bien brindarme estos guiños) creo firmemente que se trata de una casualidad hermosa, de algún tipo de acontecimiento mágico que ha hecho que, durante ese momento exacto, coincidamos el libro y yo en el espacio-tiempo. La casualidad del instante preciso, porque de seguro que uno más o uno menos hubiera imposibilitado el encuentro.

Apuntemos ahora algunas de mis experiencias felices.

Allá por 1995, en plena euforia lectora sobre las raíces de la cristiandad (siempre en una rama histórica, pues mi fe no anda por esos derroteros), vi la película de Scorsese que cayó tan bien a la curia: La última tentación de Cristo. Como no podía ser de otro modo, quise conocer también el libro en el que se había basado, escrito por Nikos Kazantzakis. No disponible, descatalogado, quién sabe... Lo pedí a las librerías y me mantuvieron a la espera con expectativas falsas, tanto que alguna de ellas entró en mi lista negra (de ese modo tan vergonzoso que me impedía, por prudencia, dejar de visitarlas, pero que me consolaba pisando el establecimiento con gesto de reproche). Un buen día ocurrió el "milagro": en un paseo habitual por la zona entré, cual autómata, a la librería estigmatizada con el único propósito de buscar ese libro. Oh, allí estaba, recién recibido, recién reeditado en formato bolsillo. Fui hasta la caja casi como si tuviera un lingote de oro y estuviera rodeada por los cuarenta ladrones de Alí Babá, salí a la calle como si fuera una niña que acababa de haber visto a Mickey Mouse.

Otro final feliz fue el que me deparó Los propios dioses de Isaac Asimov. Fue el primer libro que saqué de la biblioteca tras una demorada y difícil mudanza a una nueva ciudad. Me maravilló tanto que quise tenerlo, poseerlo para mí solita, sin identificación de préstamo. Pues tampoco, en cada librería encontraba surtidas bibliotecas de Asimov... a falta siempre de éste. Un domingo en una Fnac hasta los topes de familias completas, surgieron estos dioses de los que había un solo ejemplar: el mío. Poco me importaron la larga cola, la calefacción exagerada o los minutos que se aproximaban con peligro a la hora de comer, pues todo era perfecto: lo había encontrado, me había encontrado. (También se trataba de una reedición reciente.)

El siguiente caso estuvo protagonizado por Thomas de Quincey y su muy peculiar obra Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Mi interés por este librito que apenas sobrepasa las cien páginas surgió en las clases de Ética de la facultad, de la mano de un también peculiar profesor (al que guardo gran cariño) que, entre Moro, Bentham (con su momia) y Hume, nos hablaba de Thomas de Quincey y de American Pycho. Mi infructuosa búsqueda terminó la mañana en que una compañera de clase (que apenas me había dirigido la palabra durante dos años) me avisó de que había localizado un ejemplar, manoseado y escondido, en la librería que estaba frente al campus. Sobra decir que salí corriendo en cuanto sonó el timbre (licencia poética: el fin de la clase eran nuestros relojes). Gran felicidad. Cuando uno o dos meses después Alianza decidió reeditarlo sufrí una extraña conmoción mezcla de risa y enojo.

Mi "casualidad" más reciente fue Los desposeídos de Ursula K. Le Guin. Por qué, por qué siempre tengo la necesidad imperiosa de leer la obra-que-no-se-encuentra... La primera decepción la viví el día que tuve al alcance el que debía ser uno de los últimos remanentes de la edición y cuya compra, con el juicio obnubilado y la cartera escasa, decidí demorar. Cuando pocas semanas después acudí a su rescate, me encontré con un establecimiento desolado que había cerrado las puertas para siempre. Pero el buen hacer editorial escuchó mi llanto y publicó, hace unos meses, esta obra y otras dos en un volumen. En esta ocasión la sorpresa la recibí en forma de regalo y casi se me salen los ojos cuando lo tuve.

En el momento actual mis esfuerzos están concentrados, desde hace ya demasiado, en una novela del desconocido en España Marco Denevi: Rosaura a las diez. Confieso que, en un momento de debilidad y desesperación, conseguí una versión digital que guardo en mi disco duro sin ánimo de abrirla. Mezcla de orgullo, de amor por el libro físico y de fe en la casualidad mágica que, seguro, seguro, de una forma u otra propiciará el encuentro.


lunes, 20 de octubre de 2008

Cómo elijo mis libros

Esta mañana estuve escuchando una conferencia (más bien charla) impartida por Javier Marías hace unas semanas en la Fundación Juan March. En un momento dado se mencionó a la crítica y su influencia en el autor, lo que hizo derivar mi pensamiento hacia el papel de ésta en el lector. ¿Qué influencia tiene la crítica, digamos, "profesional" sobre cualquiera de nosotros a la hora de escoger un libro?

En mi caso concreto debería decir que prácticamente ninguna. Si comparamos el volumen de reseñas profesionales y de las "no profesionales" que leo, las segundas tienen la partida ganada. El desnivel se debe a varios motivos: el primero es que leo muchísimo más en internet que sobre papel (de hecho, los artículos que leo de un medio originalmente impreso suelo recogerlos de su versión digital), y casi todos mis sitios de referencia son blogs o, en todo caso, revistas culturales gratuitas. El segundo es que, salvo extrañas excepciones, la crítica profesional se centra en la novedad y, lo que es peor, en la novedad bien distribuida y bien vendida, con lo que sólo quedaría "cubierta" por lo último -cuando me declino más por lo escrito décadas o siglos atrás- y por lo más comercializado -ojo, aquí no me refiero a los bestsellers-. El tercer motivo es que prefiero que, si me hablan de un libro, lo hagan desde su experiencia personal, más sentimiento y menos teoría literaria. Es más, me acerco al análisis crítico puro y duro después de haber leído el libro (no le encontraría sentido hacerlo antes).

Por supuesto, de vez en cuando cae en mis manos un artículo con firma que merece mi interés y que, además, me incita a conocer esa obra, pero estos casos son los mínimos. Mi lista de próximas lecturas se nutre de: blogs (antes este papel lo ocupaban los foros), de paseos espontáneos por librerías o bibliotecas (un título que te atrapa) y de otros libros (éste es uno de los métodos más jugosos). Me interesa descubrir, tirar del hilo que me dejó una lectura anterior, sorprenderme con un título o un autor.

¿Y ustedes, cómo eligen sus lecturas?

martes, 14 de octubre de 2008

Fabulando blogs...

Monumento a Cervantes, Cartagena
Según Technorati y su Informe sobre el estado de la Blogosfera 2008, cada día se crean 900.000 posts nuevos de 133 millones de blogs indexados desde 2002. Al margen de la fiabilidad de estos datos, a estas alturas es muy palpable la importancia creciente que el fenómeno del blog tiene en la actualidad. Cualquiera puede abrir en cuestión de minutos, una bitácora donde expresarse de la forma que le venga en gana y comentar aquello que más le apetezca. Las primeras noticias que recibí sobre lo que era un blog apuntaban a diarios personales en los que alguien contaba sus aventuras y desventuras. Dicho así, sin mayor profundidad, no llegó a provocarme ni un gramito de interés: "una mezcla de prensa rosa y reality show", pensé. Por suerte, me equivocaba. La temática sobre la que puede versar un blog es tan diversa que resulta difícil no encontrar uno al que volverse asidua. Yo me "lancé" con la intención de abrir una ventana por la que compartir, con quien gustase, una de las cosas que más amo en el mundo: la literatura. Y aquí recalamos en la blogosfera literaria.

Como hoy día la tecnología nos sacude casi en cada esquina de la actividad humana era de prever que la literatura también encontraría una vía por la que expandirse. El mes pasado nos enteramos de que José Saramago, de 86 años (para que luego digan que internet es para las generaciones jóvenes), se unía al mundo de los blogs con su cuaderno personal, y Javier Marías, reciente miembro de la Real Academia, vuelca en su blog los artículos que publica cada semana en El País. Son sólo dos ejemplos de literatos de renombre que se han sumado al fenómeno.

Por otro lado, existen curiosas iniciativas en la blogosfera literaria: desde el 9 de agosto podemos leer, casi diariamente, las reflexiones de... George Orwell. Para los que no lo sepan, en Orwell diaries se transcriben las anotaciones personales que realizó el autor en su diario durante 1938. Cada entrada se publica el mismo día, setenta años después que su original. De forma análoga puede leerse El quadern gris de Josep Pla, noventa años más tarde de su publicación.

Hace unos días a raíz, precisamente, de una entrada sobre el Nobel portugués, un lector fabulaba sobre la idea de que Fernando Pessoa tendría, hoy día, un blog por cada heterónimo. ¡Qué increíble sería poder leer las reflexiones futuristas de Álvaro de Campos, la 'no-filosofía' de Alberto Caeiro o el clasicismo de Ricardo Reis! Y, por supuesto, al propia Pessoa comentándolos a todos.

¿Qué escritores, ya desaparecidos, tendrían un blog? ¿Se imaginarían haber leído las epístolas de Drácula "en directo"?

O los cuadernos de Kafka (aunque si se negaba a publicar su obra, dudo mucho que claudicase con un blog).

Sí, imagino, por ejemplo, a Virginia Woolf reclamando la escritura femenina o comentando las tertulias del Círculo de Bloomsbury.

Joyce relatando ese día de junio en la vida de Leopold Bloom y Setephen Dedalus.

Rilke aconsejando al joven poeta.

Perec exprimentando con las palabras, anotando las intimidades del edificio de la calle Simon-Crubellier o ideando juegos literarios con Calvino.

¿Y las tribulaciones de Werther? ¿Las meditaciones de los personajes de Dostoievski (y las suyas propias recaudando dinero para pagar las deudas)? ¿O los diálogos entre Sancho y don Quijote?

¿Escribirían Borges y Bioy Casares un blog a dos manos? Sería genial el de Macedonio Fernández o el de Machado, firmando como Mairena. Y qué risa lo que podría escribir Torrente Ballester o Fontanarrosa.

Por supuesto dejo el postre para el final: 'El blog de los cronopios', 'La bitácora de... un tal Lucas', 'La vuelta al día en 80 mundos' (qué título genial para un blog). ¿Y cómo sería Rayuela en formato bitácora...?

martes, 7 de octubre de 2008

Por qué leo

Friedrich,Caminante sobre el mar de nieblaLeo porque me gustan las palabras: sus árboles genealógicos, sus significados de mil puertas, cómo juegan las unas con las otras, cómo se encuentran por casualidad y crean belleza.

Leo porque imagino y porque, cuando imagino, leo. Veo páginas escritas en mi cabeza, despierta y también dormida (estas últimas resultan de lo más surrealistas). Los libros imaginan un comienzo -no siempre un final- y yo los aderezo a mi manera.

Leo porque adoro al libro como objeto. Más al viejo que al nuevo, el amarillento y oloroso, el de varias manos.

Leo porque abro mundos. Elijo el de cada día y soy yo misma y otra. Espacios simples al alcance de un billete de tren, espacios complejos de existencia cifrada.

Leo porque me gusta el café caliente y una buena charla. Converso con los autores, tan cercanos y afines a mi soledad. Tan amigos cuando yo estoy callada con todos.

Leo porque respiro mejor, veo mejor, siento mejor. Porque leo y vivo más, y mis pasos dejan palabras en el suelo, que me siguen, que me envuelven, que escriben nuevos libros con los que salir al mundo cada mañana.

jueves, 18 de septiembre de 2008

La imaginación del absurdo

EscherHace un par de meses lanzaba unas líneas a raíz de una frase de Luis Landero, “la imaginación no se da gratis”, y ahora me gustaría recuperar mi reflexión de entonces. Intento ser flexible, abierta de pensamiento pero, lo confieso, a veces me resulta imposible, me cierro, no entiendo para, después, sentirme culpable de haber pensado con incredulidad. No es fácil ponerse del otro lado, abandonar nuestro punto de vista y mirar con naturalidad el contrario. Como dice el refrán: “para gustos, colores”, pero ciertos temas me nublan la vista. Por ejemplo, respeto las aficiones ajenas pero me sigo sorprendiendo ante alguien al que no le gusta leer (cosa a la que debería estar acostumbrada porque la media de los que no leen es bastante superior a la de los que sí lo hacen). Me sorprendo porque, a mi entender, el mundo del libro es tan amplio que todo tiene cabida; hasta la mala literatura. Supongo que ese contrario encontrará igual de asombroso que a mí no me guste bailar o hacer deporte.

Esta cuestión, la de la lectura, se relaciona de forma directa con otro de mis “asombros”: la falta de imaginación.

Paseando los ojos por la estantería me topé con el tomo de los cronopios cortazarianos (en segundo ejemplar de edición baratísima tras la pérdida inexplicable del primero; aunque, si lo pienso bien, nada es inexplicable con esos seres de por medio). Entonces mi memoria me teletransportó a un día de hace años en que viví una reacción del todo inusitada ante este libro. Un compañero lector, escritor de cuentos y venerador de (medio) Cortázar manifestó su enojo ante la creación de los cronopios, las famas y las esperanzas. Quiero precisar que no comentó su disgusto sobre esta obra ni, pongamos por caso, una consideración menor ante otros textos del autor. Lo que transmitió fue más bien una sensación cercana a la ofensa y al engaño. Se sentía engañado por Cortázar quien, en su opinión, había tomado el pelo a los lectores con semejante fruslería. Bichos que no existen, de los que ni siquiera somos capaces de intuir una forma, que cantan y bailan algo igualmente ininteligible y que se comportan, en todas las situaciones, al revés de un revés no posicionado. Esto, para él, era una tomadura de pelo. Ah, pensé yo, entonces la imaginación consiste en eso. ¿Imaginar y fantasear es… engañar? En este caso sé que él no renegaba de la imaginación en sí (al menos, es lo que quiero creer), sino más bien de la imaginación que produce absurdos. Por eso sólo valoraba de don Julio los escritos más “realistas”, y rechazaba aquellos en los que la razón era cuestionada (de ahí mi paréntesis anterior de que veneraba a “medio” Cortázar, siendo generosa).

Lo que más me sorprendió de esta situación fue que alguien pudiera sentirse “estafado” ante la fantasía de otra persona. Pero la realidad es, por mucho que me pese, que hay mucha gente carente de imaginación (incluso de la que no provoca absurdos) que casi, casi desprecia a los que sí la poseen.

No puedo imaginar (je) cómo sería vivir sin imaginación, porque la tengo tan aferrada que no la suelto ni despierta ni dormida. Sin ella, la Historia del Arte quedaría reducida a servicios mínimos: las artes plásticas, la música, el cine, la danza… La evolución de la humanidad nos resultaría todavía más enigmática sin poder recrear lo que no vivimos. En infinidad de situaciones es el nexo que falta en el relato, a veces nos juega malas pasadas pero sin ella todo quedaría cojo, incluso el futuro.

Mi vida es más vida y yo soy más yo gracias a ella y a sus retoños absurdos. Que vivan los cronopios, las famas, las esperanzas, los vizcondes demediados.

lunes, 8 de septiembre de 2008

El placer del libro (II)

Traer a mi mente, recordar pasando páginas imaginarias, todos los libros escritos que deseo leer. Me embarga entonces la angustia de lo inabarcable, el temor de perder los ojos antes de capturar tantas palabras unidas por otros de forma única. Pero me embarga también la felicidad aliviada de tener la certeza de que la lectura carece de puertas cerradas, la sabiduría cómplice de que ni la más habilidosa imaginación será capaz algún día de crear todos los libros del mundo.

Albergar en mi interior la verdad: en cada rincón del tiempo y el espacio existe, en perpetua génesis, una nueva biblioteca de Babel.

El placer arrebatado, a duras penas refrenable, de la necesidad imperiosa de la próxima lectura. Doble placer en dos caminos: al conocer mi siguiente elección, y al barajar entre las distintas páginas que podré rozar. La libertad de saltar a gusto y acomodo entre títulos, autores, épocas y estilos.

Aquí yace otra de las infinitas razones por las que amo y sufro la Rayuela de Cortázar: supone la confirmación de que el lector cae y rebota continuamente en el juego dibujado a tiza. Cada casilla un nuevo libro, dentro de él múltiples rayuelitas con nombre propio o anónimo, con intentos externos o vocación de normativa interna, con todas las palabras que dan sentido y lo confunden, en blanco o en colores. La lectura no puede ser más -cuando es apasionada, necesaria, oxigenante- que una enorme rayuela en movimiento en la que juegan el autor y los lectores, de forma consciente o ignorando el desbarajuste lúdico.

Leo y tiro la tiza al comienzo y al final de cada párrafo, cuando me topo la palabra exacta -jamás intercambiable- que produce la taquicardia (en lo bueno, en lo malo) en las manos del escritor. Así que, en el fondo, cada vez que abro un libro estoy desprecintando una cajita de tizas.



martes, 2 de septiembre de 2008

Mi tiempo a través de los libros

Es curioso cómo se nos encienden a veces las bombillas de la mente, las asociaciones veloces que nos llevan a recordar momentos, palabras e imágenes lejanas; confieso que en ocasiones me río sola al rememorar algo tirando de un hilito. Estos días pensé en gomets, en esta entrada de Leofumopio y hoy mismo en esta otra, a lo que sumamos que siempre ando dándole vueltas al paso del tiempo (con felicidad y sin amarguras, sólo con un tanto de morriña), y terminé reflexionando sobre los libros en distintas etapas de mi vida.

Antes de aprender a leer, por mi casa circulaba una colección de cuentos clásicos de gran tamaño a los que siempre me he referido como "los cuentos verdes" por ser ese color el que caracterizaba su diseño; además, venían acompañados de un vinilo en donde eran recitados. Fue mi primer contacto con las historias tradicionales y probablemente también con la mentira y las ganas de leer, pues memorizaba los párrafos de cada página, ¡y los cortes de palabras!, y presumía ante mi vecino de que ya sabía leer... Recuerdo a Piel de asno, El traje nuevo del emperador, La oca de oro, Los cisnes salvajes...

En 3º o 4º de primaria (EGB) la maestra nos hacía llevar un "diario de lecturas", consistente en una carpetita a la que íbamos añadiendo fichas con cada libro leído (incluso debíamos incluir una ilustración propia sobre cada uno). Esto, además, se reflejaba en una cartulina colgada en la pared en la que figuraban nuestros nombres y, al lado, un gomet por cada lectura. El color del gomet iba en función de la cantidad de páginas y el más elevado era el azul , que dos amigas y yo conseguimos casi simultáneamente con el mismo título: La historia interminable. ¡Qué orgullo sentimos aquel día!

Recuerdo que ...

... leía Canción de Navidad en el patio del colegio, mientras mis amigas jugaban a la goma;

... y Yo, Claudio el día que fui a buscar mis calificaciones finales de 8º;

... me regalaron Crimen y castigo un sábado lluvioso que fui a ver El rey león e intenté no empezarlo antes de finalizar los exámenes (no lo conseguí);

... mi madre regresó de un viaje a Buenos Aires y me trajo, recuperados de la biblioteca familiar, El barón rampante, Cumbres borrascosas y La perla, ese olor todavía me acerca a mi primer hogar;

... llevaba en el bolsillo un ejemplar diminuto de Humillados y ofendidos durante la semana de recuperación de exámenes de 3º de BUP;

... salí estupefecta de la librería Colón cuando, por fin, conseguí La última tentación (recién reeditada) que perseguía desde hacía meses tras haber visto la película de Scorsese;

... me regalaron el Ulises el día que me quedé en casa estudiando "Latín y cultura clásica" para mis primeros exámenes universitarios, medio desesperada por apuntes ininteligibles de clases jeroglíficas (no por el latín sino por el discurso del profesor);

... leí muchos libros frente a las costas gallegas los sábados por la tarde, desafiando al viento y enchufada al walkman;

... me llevé a Rimbaud a las rocas más de una vez, lo pinté de rojo, de azul y de ceniza;

... los primeros libros que leí a mi llegada a Valencia fueron Los propios dioses, El golem y, por segunda, necesaria e imperativa vez, Rayuela (con ella terminé literalmente el 2002 y comencé el 2003, campanadas de por medio); tres lecturas magníficas;


Y podría seguir y seguir tirando del hilito... De cada etapa recuerdo mis libros como parte fundamental, porque con ellos aprendí, descubrí, conocí y, por descontado, crecí. Ellos fueron, en gran medida, impulsores de mi pensamiento, de mis decisiones, de lo que era entonces y soy ahora.

Cada libro tiene su momento, y cada momento... su libro.


La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

lunes, 25 de agosto de 2008

¿Cuánto cuesta vender un libro?

En el Babelia (suplemento cultural de El País) de esta semana se publica un más que interesante artículo firmado por Javier Marías -reciente miembro de la Academia de la Lengua- sobre la empresa editorial: "Esta absurda aventura". En él cuenta los esfuerzos que supone producir, distribuir y vender un libro sin el apoyo de los medios, aún a pesar de tener por detrás grandes nombres (como el suyo propio).

"Los sinsabores de la edición aumentan cuando los medios de comunicación se muestran ajenos. [...] Empiezo a pensar que si uno no da la lata, llama, promociona, ruega, amenaza e insiste, mal lo tiene para que su catálogo suscite interés en los medios especializados. [...] Da lo mismo que uno lance a las librerías rescates fundamentales de autores fundamentales... o que suelte textos interesantísimos desconocidos en español... Si uno no hace relaciones públicas ni pide favores, será difícil que alguien, en las redacciones, se moleste ni en echarles un vistazo".

Las mesas de novedades de las librerías cada vez son ocupadas con mayor monotonía -siempre las mismas, siempre los mismos, durante meses-, góndolas enteras con un único título que, por supuesto, también monopoliza el escaparate y hasta los folletos, cuando los hay. Y se publica tanto y se recibe tanto, que una gran parte se queda en la caja cerrada, con su precinto y todo. Las revistas especializadas hablan de esos títulos, unas tras otras, como si no existiera nada más. Está bien que los reseñen, que los critiquen y que los recomienden si quieren, ¿pero por qué siempre los mismos? Son precisamente esos los que no necesitan más bombos para ser vendidos.

Parece que la literatura se esconde en el fondo de las estanterías y en los almacenes (si hay "suerte"), y el marketing es el que inunda las mesas y las vidrieras. Dentro de nosotros, siempre será cierto aquel verso que dice "...nos quedará la palabra" pero, a veces, tantas veces, es como si quedara un poquito menos.

jueves, 7 de agosto de 2008

El sueño de... ser pintor

Como bien demuestra este blog, mi principal pasión es la literatura y todo lo que ella conlleva; de ahí que también ame al libro "como objeto". Desde que me acerqué a ellos no he dejado de mirarlos y admirarlos y, aunque el tiempo y la edad modifican los gustos, continúo adorando la literatura infantil (sí, algo de genética también hay). Por cuestiones personales y profesionales desde hace un tiempo me fijo mucho en los álbumes ilustrados, y el panorama es de lo más variado: encuentro libros que me avergüenza ver en las estanterías de una librería y en las manos de los niños, otros "resultones" aunque con una calidad más bien de aprobado raspado y, por último, los que son una delicia para la vista y que ansío tener ahora, en mi vida adulta. Conservo muchos de mis álbumes de niña, bien cuidados, como tesoro, memoria y legado, y juro que, cuando los abro, puedo sentir lo que sentía a mis 5, 7, 10 años. Recuerdo las imágenes que más me llamaban la atención y que, a veces, copiaba; los pasajes favoritos, los muy tontos, los enojosos, los sorprendentes. Pero, sobre todo, recuerdo tener esos libros en mis manos como los tengo en este momento: la sensación de tocar un objeto bello, valioso, una pequeña maravilla que me hace sonreír.

Así que he pensado dejar constancia de los libros infantiles que no tuve entonces y tengo hoy. Los que de ser niña hubiera querido y tengo siendo adulta.

Hoy comienzo con una colección reciente para niños a partir de seis años: El sueño de... (Brosquil Ediciones). Hasta la fecha, se compone de doce títulos, doce cuentos sobre los grandes pintores de la historia: Dalí, Segrelles, Botticelli, Miró, Toulouse-Lautrec, Sorolla y, en la calle desde hace un mes, Botero, Velázquez, Chagall, Picasso, Gauguin y Van Gogh. Los textos se articulan bajo la idea de "el sueño del pintor", a veces más"biografiados", otras más centrados en los cuadros. Un buen punto de partida para acercar el mundo del Arte a los más pequeños.



El sueño de Paul Gauguin, Alberto Urcaray El sueño de Paul Gauguin
Texto e ilustraciones de Alberto Urcaray


El sueño de Velázquez, Marta Rivera FernerEl sueño de Velázquez
Texto e ilustraciones de Marta Rivera Ferner


El sueño de Miró, Carles Arbat

El sueño de Miró
Texto e ilustraciones de Carles Arbat


El sueño de Marc Chagall, Alberto UrcarayEl sueño de Chagall
Texto e ilustraciones de Alberto Urcaray


El sueño de Picasso, Marta Rivera FernerEl sueño de Picasso
Texto e ilustraciones de Marta Rivera Ferner


El sueño de Toulouse-Lautrec, Alberto UrcarayEl sueño de Toulouse-Lautrec
Texto e ilustraciones de Alberto Urcaray


El sueño de Botticelli, Marta Rivera FernerEl sueño de Botticelli
Texto e ilustraciones de Marta Rivera Ferner


El sueño de Dalí, Carles ArbatEl sueño de Dalí
Texto e ilustraciones de Carles Arbat


martes, 29 de julio de 2008

Incertezas de la traducción

Esta mañana leía en adn.es un artículo sobre la situación del traductor literario ("S.O.S. por la literatura universal") que me hizo retomar una duda que hace años me planteo.

En el artículo se expone la situación laboral de muchos traductores, en general mal pagados y peor valorados. La verdad es que desconozco los términos económicos concretos a los que se refieren, pero sí coincido en que últimamente se les concede menor importancia de la que en realidad tienen. Lo he comprobado incluso a un nivel no literario: me consta que, por ejemplo, para textos técnicos se recurre cada vez más al traductor automático que, ni siquiera en esos casos, es eficiente (todos hemos luchado contra algún manual de instrucciones surrealista e incomprensible). Para más inri, se extiende también la idea de que puede prescindirse del corrector de estilo y entonces el resultado sí que puede ser desastroso (sobre todo porque abundan los escritores con buenas ideas -los hay que ni eso- pero con una pésima conjunción de ortografía, gramática y estilo).

Así que, ¿realmente es tan difícil darse cuenta de lo mucho que debe cuidarse una traducción y/o corrección? He leído grandes obras en pésimas traducciones que me mantuvieron a distancia de poder apreciarlas; al releerlas, entonces sí, en una versión cuidada pude conocer "con algo más de certeza" el verdadero texto (lo cierto es que cuando la traducción es mala no es necesario conocer el original para percartarse del desaguisado).

Por otro lado -ésta es mi duda más antigua-, ¿qué grado de fidelidad podemos suponer en una obra traducida? Conociendo de antemano la imposibilidad de la traducción palabra a palabra (tarea propia de las máquinas), no es difícil imaginar el trabajo que implica trasladar un texto literario de su lengua original a otra diferente. Los juegos de lenguaje, las referencias tan propias de una cultura que pierden sentido al exportarlas, los giros humorísticos, las metáforas... Se traduce, se reinterpreta, al final, se adapta. ¿Con qué seguridad puedo afirmar conocer a Kafka si sólo lo he leído en castellano? ¿Y cómo es Rayuela para un lector en japonés?

Quizás por esto, de forma inconsciente, tiendo más a la literatura hispanoamericana. Leo de todo, en épocas, géneros y nacionalidades, pero me "encuentro más" en la letra castellana. Como si el texto escrito en inglés, francés o alemán me llegara a través de un velo que lo diluye ligeramente.

viernes, 25 de julio de 2008

Libro nuevo, libro viejo

Tendría yo unos 15 años, pleno agosto, nueva amiga y su cumpleaños acechando. Entre otras cosas, decidí regalarle un libro, un título concreto que sabía que le gustaría: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Allá fui de librería en librería por toda mi antigua ciudad gallega y, en una tras otra, encontré lo mismo: agotado, quizás descatalogado y mi ánimo por el suelo ante tan malogrado regalo. Hasta que me topé con un dependiente que me remitió, con seguridad de éxito, a la librería de viejo. Y allá fui, cansada, por la calle de la amargura (literalmente, así se llama). Era un local pequeñito, atiborrado, en plena Ciudad Vieja, con un librero que se intuía tras un mostrador que lo ocultaba casi por completo. Sonriente (cada vez tan sonriente), calmado y con una voz que todavía hoy recuerdo me dijo que sí, que lo tenía, y se fue derechito al estante (sin mirar la ubicación en el ordenador porque básicamente no tenía). Fue la primera compra.

Me hice cliente habitual (toda mi familia de tres), siempre con descuento ante las pilas de libros que encontrábamos cada vez. El día que destinaba a la librería de viejo era un día obligatoriamente feliz. Cruzaba la ciudad, a veces a pie, a veces en autobús, y al llegar a la empinada calle, entre el cansancio, surgía el nerviosismo de la nueva búsqueda. Abría la puerta, el mostrador atiborrado, la sonrisa tapada por libros y ese continuo ruidito de estar rascando páginas (deduzco que lo que rascaba eran etiquetas y precios anteriores). Nos reconocíamos, nos saludábamos y a veces yo recibía la reprimenda del tiempo. Pasillo adelante, tan estrecho, con la escalera temblorosa para los últimos estantes, me sumergía con certeza en las secciones (nunca identificadas, por supuesto, pero conocidas al dedillo) a la espera del libro. Lomo a lomo, hasta que los ojos saltaban: el libro en la mano, la revisión obligada y a la pilita de los que me llevaría.

Por lo general iba sencillamente a la búsqueda de la sorpresa, pero hubo ocasiones en que pedí títulos concretos y conseguí maravillas: mi doble tomo del Ulises de Lumen, Crimen y castigo con una encuadernación especial y bajo revisión de Borges, un compendio de Shakespeare que es para babear...

Buena parte de mi biblioteca tiene el sello de aquella librería. La que más recuerdo, la que más extraño, de la que me despedí hace ya varios años. Sin duda, una de mis grandes morriñas. Desde entonces busco con empeño librerías de viejo. ¿Cómo comparar las nuevas, enormes, con sus secciones bien diferenciadas y sus góndolas monotemáticas, con una de olor antiguo, desordenada, con uno o dos ejemplares de cada título?

Qué placer conseguir un nuevo libro viejo.

Un moucho

martes, 22 de julio de 2008

Los descubrimientos felices

En un comentario de una entrada anterior utilicé la expresión descubrimientos felices (descubrimientos literarios, se entiende). Con ello me refiero a ciertos autores u obras concretas que más que gustarme me “abrieron” nuevas puertas. Sí, de cualquier libro, incluso de uno malo, podremos sacar algo bueno, pero hay un grupito selecto que logra tocarnos la fibra, conectar con nosotros a un nivel superior. Cuando pienso en dichos nombres los veo luminosos en mi mente, como si me invadiera una bocanada fresca con sonido a risa. Son libros y escritores que agradezco al bibliotecario invisible haber conocido.

Unos llegan por recomendaciones de terceros, otros por casualidad (un título, una mención veloz, incluso una portada) y otros terminarán, además de luminosos, desencajados por la sorpresa de haber encontrado mucho donde pensábamos vislumbrar poco.

Cuando pienso en este grupito y en sus razones, concluyo que la selección se debe más a algo visceral que racional, a algo que no alcanzo a explicar del todo. Hay grandes obras que están en mi maleta de forma inseparable, obras que me han marcado y descubierto mundos, escritores que leo continuamente y que tengo siempre en el horizonte; sin embargo muchas de esas obras y autores no figuran en el grupito selecto de los descubrimientos felices. Por ejemplo, Cortázar y Calvino, dos de mis cumbres literarias por excelencia. Por otro lado, el grupito incluye a otros que no son, ni de lejos, tan importantes para mí como los dos que acabo de mencionar. Así que intuyo que los motivos de adhesión a los descubrimientos felices son una mezcla de: buena literatura (imprescindible), buena comunicación autor-lector, momento personal que se atraviesa durante su lectura y, quizás, un trasfondo de tipo filosófico o moral. Todos mis descubrimientos felices me han removido algo por dentro, me han absorbido el pensamiento y la imaginación más allá de una concentración necesaria, me han dejado con la cabeza “ida” durante días, a lo mejor un poquito triste. Pronuncio en mi mente esos nombres y algo resuena, una puerta que chirría al abrirse y que me deja ver, por un momento, lo que sentí mientras leía esos libros.

Esto no desmerece el resto de mis lecturas ni resta valor a los externos al grupito; son, por así decirlo, categorías emocionales diferentes. Unos libros traen la llave de una puerta, otros la de una ventana e incluso los hay que atraviesan paredes.

La condición humana, René Magritte

jueves, 17 de julio de 2008

La imaginación no se da gratis

La gran familia, René Magritte

La semana pasada me llevé una alegría inmensa al descubrir, vía Cuchitril Literario, que la Fundación Juan March de Madrid ponía a nuestra disposición los audios de todas las conferencias impartidas en su sede desde 1975 (por el momento ya son, nada más y nada menos, 2.001). Podemos encontrar charlas sobre Arte, Filosofía, Literatura, Ciencias Sociales, etc., en boca de ponentes de auténtico lujo ( Torrente Ballester, José Antonio Marina, Andrés Amorós…). Un verdadero deleite.

Entre las primeras conferencias que me apresuré a descargar está la del escritor Luis Landero, impartida el 6 de noviembre de 2007 y titulada “Mirar, sentir, narrar…” Era la primera vez que lo escuchaba y quedé tan maravillada por su sencillez, su sensibilidad y su cultura como al leer Juegos de la edad tardía. A mitad de charla, tuve que detenerme y recurrir al papel y al lápiz para apuntar al vuelo lo siguiente:

“La imaginación no se da gratis, hay que ganársela. […] Se puede y se debe ejercitar la capacidad de asombro.

“Mirar y pensar por cuenta propia exige un esfuerzo, una dedicación, un precio que no todos –yo diría que muy pocos- están dispuestos a pagar. Exige, por ejemplo, una cierta lentitud y, precisamente, en un mundo donde todo invita a la velocidad anestesiante, y a la fugacidad de las cosas y de las ideas; exige conciencia en una sociedad donde la responsabilidad y la desidia son hábitos ya casi honorables; y exige soledad y recogimiento, no la soledad melancólica sino la placentera y laboriosa de la incertidumbre y de la inteligencia.

“Sentir es un modo maravilloso de conocer, y quien sabe sentir, sabe imaginar.”

Hace unos días, quizás inconscientemente con estas palabras en la cabeza, de repente me dije: “¡Menos mal que tengo imaginación!”, porque sin ella me sentiría muy sola. Siempre la he visto como un tesoro preciado, delicado, de incalculable valor y que tiene un lugar privilegiado en mi maleta. La llevo a donde quiera que vaya y ella solita entra en escena casi sin darme cuenta. Nada más cierto que aquella expresión que dice que “la imaginación vuela”. Realmente lo hace: despliega las alas y lo cubre todo, cuando nos damos cuenta nuestra realidad inmediata se ha visto modificada con el toque particular de la imaginación. A veces, ya lo he comentado antes, imagino situaciones absurdas y humorísticas mientras espero (o desespero) en una cola, en una sala excesivamente formal, en un ambiente aburrido y vulgar. Imagino a partir de una palabra, de una imagen, de un sentimiento veloz. Imagino sobre aquello que deseo y también sobre lo que no; imagino cosas que sucedieron y conozco, y sobre cosas del lado que no vi. En ocasiones, lo reconozco, imagino con tanta fuerza que llego a dudar de si realmente lo viví, me doy cuenta y me río, pero en el fondo siento una felicidad cómplice. Así que una de las cosas que más agradezco tener, ejercitar y valorar es mi imaginación, y me cuesta comprender que haya personas (porque las hay) que carecen por completo de ella, o que la tienen tan relegada que ésta vuela bajo y poquito.

“Quien sabe sentir, sabe imaginar”, nos dice Landero, cuyos personajes se caracterizan por habitar en mundos grises e imaginar vidas rocambolescas y hermosas. ¿Será, quizás, que los que no imaginan o lo hacen muy de vez en cuando sienten las cosas “con distancia”? Dando la vuelta a la frase, también podemos afirmar que “quien sabe imaginar, sabe sentir”. Y sentir todo lo que la imaginación nos brinda eso sí que es una compañía inapreciable.

martes, 15 de julio de 2008

Lecturas de juventud II

Tuve mi etapa romántica con el Werther de Goethe -que leí y sufrí-, Jane Eyre o Cumbres borrascosas (me resultó poco más que insoportable tanto histerismo). Yo, Claudio Me inicié en la novela histórica de la mano de Mika Waltari y su Sinuhé, el egipcio que fue una obra que me maravilló y me hizo sentir el antiguo Egipto con los cinco sentidos (recuerdo la descripción de los olores, sabores, ungüentos); el siguiente gran impacto lo obtuve con Yo, Claudio de Robert Graves, sumergida de lleno en las intrigas romanas. Años atrás había leído una edición juvenil que relataba la biografía del emperador que me cautivó desde el primer momento; me admiraba la superación de los obstáculos de Claudio y la hipocresía, cinismo, maldad y afán de venganza de la élite imperial (la guinda del postre me llegó varios años después cuando mis padres me regalaron la colección completa de la serie televisiva de la BBC).

Por supuesto, me adentré en las aventuras de Dumas, en especial con Los tres mosqueteros. Tras ellos los demás: La mano del muerto, La Reina Margot, El collar de la reina... Siempre he dicho que con Dumas, además de diversión, se conoce mucha historia.

Los grandes descubrimientos "espirituales" me llegaron uno detrás de otro, con los ojos abiertos, la reflexión confusa y un sentimiento de estar adentrándome en una literatura densa, de disfrute y pensamiento. Me empaché con Herman Hesse, primero con Siddhartha -me tocó en una época realmente muy espiritual- y luego con El lobo estepario, del que el "Tractat" fue un manual varias veces leído; después, más Hesse (Demian, Bajo la rueda, etc.). Kakfa me volvió el mundo del revés y me sumió en una fiebre metafórica y literaria con El proceso, una escalera de caracol subiendo y bajando sin orden ni sentido. Wilde con El retrato de Dorian Gray, una de las novelas que más he saboreado y con uno de los estilos más pulcros y hermosos; siguió el De profundis y varias obras teatrales.

Lo de Dostoievski fue un salto de madurez lectora: Crimen y castigo me dejó con los sentidos multiplicados y un mayor interés por la psicología; de su mano conocí la dulzura con Noches blancas, una pequeña joya.

Joyce y su Retrato del artista adolescente, con el firme compromiso de leer el Ulises -promesa que mantengo... Homero, Calvino (El barón rampante, una de mis mayores delicias), Víctor Hugo, Pessoa (El libro del desasosiego, con el que me identifiqué en tantísimos niveles), El diario de Ana Frank, Camus, Sartre, Shakespeare, Poe... Y tantos otros libros que se quedan en el olvido y el tintero.

Todos ellos, a su especial manera, fueron mis primeras semillas lectoras con las que aprendí no sólo de Literatura, sino de mí misma y del mundo.

Lecturas de juventud I

lunes, 14 de julio de 2008

Lecturas de juventud I

¿Qué leen los niños? ¿Cuáles son sus primeras aproximaciones a la lectura? Al menos éstos que siguen fueron los libros que a mí me cautivaron entonces y gracias a los cuales hoy no me concibo si no es, en parte, leyendo.


Sin remotarme a mis primerísimas lecturas, pues creo que ni yo misma las recuerdo -multitud de cuentos, álbumes, plagados de ilustraciones- sí tengo una clara memoria de aquellos libros que me fueron iniciando, poco a poco, en el verdadero placer de la lectura.


Los cinco Dentro de lo más "infantil", es decir, de aquellas lecturas más propias de una edad temprana destaco, cómo no, la prole editorial de Enid Blyton. Creo que muchos de nosotros compartimos las sagas de Los cinco y Los siete secretos (éstos últimos me resultaban más aburridos que los primeros, sin duda "Los cinco" eran mis favoritos). En clase los del "grupo lector" -muchos eran todavía reacios a la letra impresa- estábamos encantados con sus aventuras, hasta el punto de organizar también nosotras varios clubes secretos (¡creo que todavía conservo el carnet!). Por el patio de la escuela tratábamos de emular a esos cinco personajes y de localizar casos detectivescos para descifrar.


Tras "Los cinco", hubo una etapa de euforia con otra saga -ésta puramente femenina- iniciada por Las gemelas de Santa Clara. La vida de unas gemelas y sus compañeras en un internado. En este caso, como no había posibilidad de club secreto, optamos por llevarlas al teatro y escenificar algunos pasajes.


Creo que el gran tercer "momento lector" fue el protagonizado por las aventuras de El pequeño vampiro, cuyos libros nos intercambiábamos constantemente. Todavía recuerdo la dulzura de la hermanita menor del vampiro, Anna, que en vez de sangre optaba por la leche.


Durante una época también estuve enganchada a una niña detective, Trixie Belden que, sin embargo, no caló entre mis compañeros (de hecho, yo era la única que la conocía y leía).


Al margen de aventuras en serie como las que acabo de mencionar, evidentemente hubo un lugar destacado para Mujercitas, lectura repetida unas tres veces e identificación con la valiente Jo. Años después leí Hombrecitos pero ni me cautivó, la recuerdo como una lectura bastante poco motivada.


Canción de NavidadEntre todas estas aventuras en saga y demás libros "infantiles", picotée de las clásicas novelas como La isla del tesoro, Huckleberry Finn, Robinson Crusoe, Alicia en el País de las Maravillas, etc. Pero hay otros títulos que recuerdo con más profundidad o, al menos, que me dejaron una huella más profunda. En primer lugar destaco Canción de Navidad de Dickens. Hoy día, Dickens no es santo de mi devoción; Oliver Twist se me hizo pesado y me quitó las ganas de seguir ahondando en sus novelas..., pero ésa primera lectura me gustó, me absorbió. Me veo leyéndola en el patio del colegio mientras mis amigas saltaban a la goma (y yo la sujetaba). De hecho, creo que fue el libro que escogí para prestar a la incipiente biblioteca infantil de la clase.


Los cuentos de la selva de Horacio Quiroga que, por fin, tras haberlos oído relatados de boca de mi madre, podía ahora leerlos por mí misma. Siempre he pensado que me gustará contarles estos cuentos a mis hijos...


La colina de Watership Pero si existe un libro que considero punto de inicio en mi vida lectora, pues con él mis ganas por aprender a leer se multiplicaron gracias a mi madre quien, cada noche, me leía o contaba algún fragmento hasta hacer surgir en mí la curiosidad y empujarme a su lectura, es: La colina de Watership de Richard Adams. Tardé muchos años en leerlo completo, pues lo comenzaba y dejaba a la mitad. Lo curioso es que era una lectura que me engachaba y me hacía disfrutar, aún hoy no entiendo esa demora... Lo mejor de todo es que, al leerlo, notaba lo mucho que aprendía y las muchas cosas que no comprendería hasta tiempo después.


La historia interminable Otro de mis grandes descubrimientos -y reto en lectura- fue La historia interminable de Ende. Debió ser el primer libro "de cierta longitud" que leí. Recuerdo este hecho porque en 4º de EGB teníamos un control de lecturas -debíamos hacer una pequeña reseña de cada libro en nuestra libreta, dibujo incluído- que se marcaba con pegatinas de diferentes colores según la extensión del libro. La historia interminable supuso la "pegatina azul", ¡la más alta! El día que lo concluí -fue una lectura compartida con dos compañeras- sentí que estaba entrando en una etapa más evolucionada de lectura. Recuerdo las páginas escritas en rojo y en verde, diferenciando el mundo de Bastian y el de Atreyu que, finalmente, se fusionarían. El comienzo de cada capítulo con la primera letra del texto en una hermosa caligrafía. Y el sello de las dos serpientes que yo deseaba que también se iluminase y cobrase vida.

Lecturas de juventud II

miércoles, 9 de julio de 2008

Aira, Cortázar, lo bueno y lo nuevo

Esta mañana, mientras realizaba mi rutinario repaso a las noticias culturales, me topé con un titular que no pudo menos que llamarme la atención y, como intuye cualquiera que me conozca mínimamente, hacerme saltar de la silla: "César Aira dice que Cortázar es un Borges de segunda categoría, un Borges de latón". Como lo que conozco es lo publicado en dicho enlace (repetido en muchos otros) y no estuve presente en el taller en donde Aira lo expuso, tomo por ciertas las palabras ahí transcriptas y me ajusto a ellas para hacer mi comentario.

César Aira
Según el argentino, "quien ha llegado a apreciar a Borges deja a Cortázar para el kindergarden", aunque ha reconocido su "carácter iniciático" para "los adolescentes que quieren ser escritores" y que "siempre lo van a seguir leyendo". En fin, es obvio que no puedo estar más en desacuerdo con esta apreciación. Borges y Cortázar son dos de los grandes referentes de la literatura argentina del siglo XX, muy diferentes el uno del otro en su estilo, en sus búsquedas literarias y en su ritmo -por nombrar sólo algunos aspectos-, pero habiendo leído mucho más al segundo que al primero (con el que más me identifico) jamás se me ocurriría ponerlos en una especie de competición literaria, a ver quien es "más mejor". Son dos genios no excluyentes y cada cual preferirá a uno, a otro o a los dos. No me llama la atención que Aira se decante por Borges y, la verdad, me importa bastante poco, pero sí me resulta "chocante" que sitúe a Cortázar a nivel de bachillerato iniciático.

Más adelante afirma que "un escritor realmente bueno aparece una vez cada cincuenta años", "los argentinos tuvimos a Borges en el siglo XX", por lo que "no tenemos que preocuparnos en cuatro o cinco siglos por tener otro bueno" (me consuela el hecho de que esto lo incluye entre "los que no son tan buenos"). Critica que últimamente la prensa descubre un escritor imprescindible cada quince días al que hay que leer, aunque yo sigo pensando que más bien los medios repiten siempre los mismos nombres una vez que los han sacado de la chistera mágica. La verdad, me pregunto si sus declaraciones son verdaderamente serias o si las dijo con sarcasmo. Vale que los genios literarios no salen de debajo de las piedras cada dos por tres, al igual que el resto de artistas, pero arrasar de esta forma con tantísimos autores excelentes me parece estar un tanto desubicado.

Por último, Aira se refirió al tema del estilo defendiendo lo nuevo frente a lo bueno: "es mejor escribir algo nuevo, puesto que ya se han escrito demasiados libros buenos". En esa búsqueda de "lo nuevo", la función del escritor es "dejarle al mundo algo que no tenía antes de que estuviéramos nosotros", aunque ello lo lleve a "escribir mal y sacrificar la calidad si es necesario para que salga algo que no había antes". Si es bueno y nuevo, perfecto, pero si sólo es nuevo, ¿qué puede reportarme si su calidad es ínfima? Prefiero seguir leyendo textos no tan innovadores pero con valor literario que experimentos provocativos carentes de auténtica literatura. Cortázar rompió ciertos moldes con Rayuela y lo hizo desde el interior de la buena literatura, ¿qué es lo que propone ahora Aira para salvarse a sí mismo?

Hasta el momento he leído dos de sus obras, Las noches de Flores y Ema la cautiva, y si han sido sólo dos se debe al poco interés que me despertaron. Novelas indudablemente bien escritas -mejor que muchas otras que pululan por las librerías- pero que, tras las últimas páginas, no quedaron en mi memoria. De hecho, recuerdo que las tomé con ganas, unas ganas tremendas de descubrir ese "algo nuevo" que menciona y, durante su lectura, intenté convencerme de que las estaba disfrutando más de lo que lo hacía en realidad. Con estas declaraciones vislumbro sus inquietudes e intereses literarios y, personalmente, alejo todavía más la curiosidad por seguir leyéndolo.

jueves, 3 de julio de 2008

¿El título es el espejo del libro?

TitleSiempre he pensado que un buen título es un gran primer paso hacia el público. Constituye la cara visible de la obra, la información que llega antes, en resumen, lo que llama la atención. Precisamente por ello su elección es una tarea que conlleva no pocos quebraderos de cabeza. Por un lado tenemos el acto creativo, patrimonio del artista, que cada uno resolverá a su modo (personalmente lo dejo siempre para el final, a no ser que me vea atacada por un arrebato de inspiración perfecto); pero, después, y aquí llega lo más temible, debemos enfrentarnos al acto de la traducción/interpretación. Admito que en ocasiones resulta difícil traducir a otra lengua lo que el autor quiso decir en una frasa exacta y, en cierto modo, "lapidaria" (por su importancia): juegos de lenguaje, connotaciones que pertenecen a una cultura muy concreta, referencias locales, etc. Pero hay casos en los que ni por cuestiones de marketing puede salvarse un título mal elegido -en otros, hasta es contrario a todo atractivo comercial-.

Así me maravillo ante títulos geniales y meso mis cabellos ante otros increíbles por lo vulgar y por lo desconcertantemente lejos que se encuentran del mensaje. A veces, por suerte, descubrimos una gran obra tras un título espantoso, y otras, por desgracia, nos sentimos traicionados por lo que prometía tanto en su fachada y resultó ser tan poco en su interior. Dicho esto, lo más fiable -nunca al cien por cien, claro- es no dejarse atrapar únicamente por un nombre y rascar un poco más de información antes de elegir.

Hoy me ocuparé de lo que, para mi gusto personal, son títulos grandiosos, bellos o simplementes exactos.

La mano izquierda de la oscuridad (The left hand of darkness), de Ursula K. Le Guin. Sencillamente me encanta, por su misterio hermoso.

El dios de las pequeñas cosas (The god of small things), de Arundahti Roy. En realidad no es que encuentre bello este título -en cierta manera, la referencia a una deidad me frena- pero lo considero sumamente expresivo de la novela, una historia llena de cosas chiquitas que ocultan otras mayores. Como la canción de Serrat...

Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d'inverno un viaggiatore), de Italo Caalvino. Uno de esos que invita instantáneamente a abrir el libro, y así comienza el propio texto... Anima a más e interrumpe...

Seis personajes en busca de autor (Sei personaggi in cerca d'autore), de Luigi Pirandello. ¡Cómo no leerlo! La creación dentro de la creación, la conjunción de realidad e imaginación.

Libro del desasosiego (Livro do Desassossego), de Bernardo Soares / Fernando Pessoa. Una de las cosas más hermosas y desasosegantes que he leído en mi vida. Cada página te agarra pulmones y corazón.

[No podía faltar...] "Cuello de gatito negro", Todos los fuegos el fuego, "La noche boca arriba", de Julio Cortázar. Tres de muchos.

El hombre que fue jueves (The man who was Thursday), de Chesterton. Fue lo que me atrapó y, a pesar de haber disfrutado mucho del libro, me sigo quedando con el título, tan sugerente y humorístico.

Felicidad clandestina (Felicidade clandestina), de Clarice Lispector. El libro entero y el relato homónimo son joyitas para degustar con suavidad. Es la sensación precisa que experimenta todo lector apasionado.

Cierro con una decepción que fue tanta que me costó creerla: La felicidad de los ogros (Au bonheur des ogres), de Daniel Pennac. Las primeras páginas se me atravesaron como pocos libros y, por mucho que respiré hondo con la mirada fija en la carátula -en un intento desesperado por caer seducida-, no pude más que devolverlo a la biblioteca con una tristeza aterradora.

miércoles, 2 de julio de 2008

Cuando recuerdo un libro...

Pero no todo su argumento, sólo acciones muy difusas, nada demasiado concreto, incluso he olvidado hechos determinantes de la obra. Pero de algún modo recuerdo el libro: lo que me dejó sentir mientras lo leía. Una sensación sin nombre que, sin embargo, revivo con una precisión pasmosa.

A veces recuerdo el sentimiento general que me embargó durante su lectura. Por ejemplo, la tristeza suave, mágica y con alas de El dios de las pequeñas cosas. Una mariposa, el pelo recogido en una fuente, calor dentro del coche. Recuerdo que sonreí muchísimo y que tenía ganas de bailar sobre las letras. Y después vino el dolor y el silencio.

Otras veces recuerdo lo que vio mi imaginación. El ambiente, las escenas, el clima, incluso enfoques cinematográficos: la luz, el tratamiento del color, la posición del espectador. Así pienso en los inquilinos del edificio de la calle Simon-Crubellier. Mi cabeza ha filmado ese libro bajo el prisma de Jean-Pierre Jeunet. Veo cosas por todas partes, colecciones de viajes, manías y soledades. Como un bazar lleno de escaleras en donde, en cada descansillo, se aloja un museo de personajes.

De El Golem recuerdo oscuridad, un apartamento pequeño, esa sombra que persigue. La angustia de no entender lo que ocurre, del misterio que llega de noche… Recuerdo la pureza absoluta de La hora de la estrella, una candidez que me maravilló y lastimó a partes iguales. El universo infinito, con tiempo infinito, de un ser infinito en las Cosmicómicas; sentí que nadaba entre nebulosas y que podía reír y enamorarme a través de algo sin forma.

Y de mi primera gran lectura recordada recuerdo, cómo no, la palabra “sendero” que preguntaba cada noche a mi madre, la voz lectora. Las colinas y las cuevas, con sus planificados pasadizos, el tiempo marcado por estaciones y costumbres. Fue la primera vez que leí el miedo, la familia, la amistad y la traición, la creencia en algo superior. Y, aún hoy, siento temblar a Quinto.

Me gusta recordar los libros que, estrictamente, no recuerdo. Entonces siento las páginas con los ojos cerrados mientras las letras se mecanografían en mis sentidos.


Amelie

 
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