1. En el comienzo fue leer y escribir. Por mis padres sé que mi ilusión por comenzar la escuela descansaba en este aprendizaje; también en ello se concentró mi primera decepción estudiantil, ya que el primer día salí muy frustrada y todavía sin ese conocimiento que tanto ansiaba poseer. Luego vinieron las clases monográficas de vocales y consonantes, las mamás que mimaban y las hojas de cuaderno abarrotadas de repeticiones.jueves, 26 de febrero de 2009
Grandes acontecimientos lectores
1. En el comienzo fue leer y escribir. Por mis padres sé que mi ilusión por comenzar la escuela descansaba en este aprendizaje; también en ello se concentró mi primera decepción estudiantil, ya que el primer día salí muy frustrada y todavía sin ese conocimiento que tanto ansiaba poseer. Luego vinieron las clases monográficas de vocales y consonantes, las mamás que mimaban y las hojas de cuaderno abarrotadas de repeticiones.Escrito por Rayuela a las 19:39 3 comentarios
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Confieso
Escrito por Rayuela a las 20:22 3 comentarios
martes, 4 de noviembre de 2008
Los más buscados
Apuntemos ahora algunas de mis experiencias felices.
Allá por 1995, en plena euforia lectora sobre las raíces de la cristiandad (siempre en una rama histórica, pues mi fe no anda por esos derroteros), vi la película de Scorsese que cayó tan bien a la curia: La última tentación de Cristo. Como no podía ser de otro modo, quise conocer también el libro en el que se había basado, escrito por Nikos Kazantzakis. No disponible, descatalogado, quién sabe... Lo pedí a las librerías y me mantuvieron a la espera con expectativas falsas, tanto que alguna de ellas entró en mi lista negra (de ese modo tan vergonzoso que me impedía, por prudencia, dejar de visitarlas, pero que me consolaba pisando el establecimiento con gesto de reproche). Un buen día ocurrió el "milagro": en un paseo habitual por la zona entré, cual autómata, a la librería estigmatizada con el único propósito de buscar ese libro. Oh, allí estaba, recién recibido, recién reeditado en formato bolsillo. Fui hasta la caja casi como si tuviera un lingote de oro y estuviera rodeada por los cuarenta ladrones de Alí Babá, salí a la calle como si fuera una niña que acababa de haber visto a Mickey Mouse.
Otro final feliz fue el que me deparó Los propios dioses de Isaac Asimov. Fue el primer libro que saqué de la biblioteca tras una demorada y difícil mudanza a una nueva ciudad. Me maravilló tanto que quise tenerlo, poseerlo para mí solita, sin identificación de préstamo. Pues tampoco, en cada librería encontraba surtidas bibliotecas de Asimov... a falta siempre de éste. Un domingo en una Fnac hasta los topes de familias completas, surgieron estos dioses de los que había un solo ejemplar: el mío. Poco me importaron la larga cola, la calefacción exagerada o los minutos que se aproximaban con peligro a la hora de comer, pues todo era perfecto: lo había encontrado, me había encontrado. (También se trataba de una reedición reciente.)
El siguiente caso estuvo protagonizado por Thomas de Quincey y su muy peculiar obra Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Mi interés por este librito que apenas sobrepasa las cien páginas surgió en las clases de Ética de la facultad, de la mano de un también peculiar profesor (al que guardo gran cariño) que, entre Moro, Bentham (con su momia) y Hume, nos hablaba de Thomas de Quincey y de American Pycho. Mi infructuosa búsqueda terminó la mañana en que una compañera de clase (que apenas me había dirigido la palabra durante dos años) me avisó de que había localizado un ejemplar, manoseado y escondido, en la librería que estaba frente al campus. Sobra decir que salí corriendo en cuanto sonó el timbre (licencia poética: el fin de la clase eran nuestros relojes). Gran felicidad. Cuando uno o dos meses después Alianza decidió reeditarlo sufrí una extraña conmoción mezcla de risa y enojo.
Mi "casualidad" más reciente fue Los desposeídos de Ursula K. Le Guin. Por qué, por qué siempre tengo la necesidad imperiosa de leer la obra-que-no-se-encuentra... La primera decepción la viví el día que tuve al alcance el que debía ser uno de los últimos remanentes de la edición y cuya compra, con el juicio obnubilado y la cartera escasa, decidí demorar. Cuando pocas semanas después acudí a su rescate, me encontré con un establecimiento desolado que había cerrado las puertas para siempre. Pero el buen hacer editorial escuchó mi llanto y publicó, hace unos meses, esta obra y otras dos en un volumen. En esta ocasión la sorpresa la recibí en forma de regalo y casi se me salen los ojos cuando lo tuve.
En el momento actual mis esfuerzos están concentrados, desde hace ya demasiado, en una novela del desconocido en España Marco Denevi: Rosaura a las diez. Confieso que, en un momento de debilidad y desesperación, conseguí una versión digital que guardo en mi disco duro sin ánimo de abrirla. Mezcla de orgullo, de amor por el libro físico y de fe en la casualidad mágica que, seguro, seguro, de una forma u otra propiciará el encuentro.
Escrito por Rayuela a las 21:09 10 comentarios
lunes, 20 de octubre de 2008
Cómo elijo mis libros
Escrito por Rayuela a las 19:09 12 comentarios
martes, 14 de octubre de 2008
Fabulando blogs...

Como hoy día la tecnología nos sacude casi en cada esquina de la actividad humana era de prever que la literatura también encontraría una vía por la que expandirse. El mes pasado nos enteramos de que José Saramago, de 86 años (para que luego digan que internet es para las generaciones jóvenes), se unía al mundo de los blogs con su cuaderno personal, y Javier Marías, reciente miembro de la Real Academia, vuelca en su blog los artículos que publica cada semana en El País. Son sólo dos ejemplos de literatos de renombre que se han sumado al fenómeno.
Por otro lado, existen curiosas iniciativas en la blogosfera literaria: desde el 9 de agosto podemos leer, casi diariamente, las reflexiones de... George Orwell. Para los que no lo sepan, en Orwell diaries se transcriben las anotaciones personales que realizó el autor en su diario durante 1938. Cada entrada se publica el mismo día, setenta años después que su original. De forma análoga puede leerse El quadern gris de Josep Pla, noventa años más tarde de su publicación.
Hace unos días a raíz, precisamente, de una entrada sobre el Nobel portugués, un lector fabulaba sobre la idea de que Fernando Pessoa tendría, hoy día, un blog por cada heterónimo. ¡Qué increíble sería poder leer las reflexiones futuristas de Álvaro de Campos, la 'no-filosofía' de Alberto Caeiro o el clasicismo de Ricardo Reis! Y, por supuesto, al propia Pessoa comentándolos a todos.
¿Qué escritores, ya desaparecidos, tendrían un blog? ¿Se imaginarían haber leído las epístolas de Drácula "en directo"?
O los cuadernos de Kafka (aunque si se negaba a publicar su obra, dudo mucho que claudicase con un blog).
Sí, imagino, por ejemplo, a Virginia Woolf reclamando la escritura femenina o comentando las tertulias del Círculo de Bloomsbury.
Joyce relatando ese día de junio en la vida de Leopold Bloom y Setephen Dedalus.
Rilke aconsejando al joven poeta.
Perec exprimentando con las palabras, anotando las intimidades del edificio de la calle Simon-Crubellier o ideando juegos literarios con Calvino.
¿Y las tribulaciones de Werther? ¿Las meditaciones de los personajes de Dostoievski (y las suyas propias recaudando dinero para pagar las deudas)? ¿O los diálogos entre Sancho y don Quijote?
¿Escribirían Borges y Bioy Casares un blog a dos manos? Sería genial el de Macedonio Fernández o el de Machado, firmando como Mairena. Y qué risa lo que podría escribir Torrente Ballester o Fontanarrosa.
Por supuesto dejo el postre para el final: 'El blog de los cronopios', 'La bitácora de... un tal Lucas', 'La vuelta al día en 80 mundos' (qué título genial para un blog). ¿Y cómo sería Rayuela en formato bitácora...?
Escrito por Rayuela a las 21:02 6 comentarios
martes, 7 de octubre de 2008
Por qué leo
Leo porque me gustan las palabras: sus árboles genealógicos, sus significados de mil puertas, cómo juegan las unas con las otras, cómo se encuentran por casualidad y crean belleza.Leo porque me gusta el café caliente y una buena charla. Converso con los autores, tan cercanos y afines a mi soledad. Tan amigos cuando yo estoy callada con todos.
Escrito por Rayuela a las 20:19 6 comentarios
jueves, 18 de septiembre de 2008
La imaginación del absurdo
Hace un par de meses lanzaba unas líneas a raíz de una frase de Luis Landero, “la imaginación no se da gratis”, y ahora me gustaría recuperar mi reflexión de entonces. Intento ser flexible, abierta de pensamiento pero, lo confieso, a veces me resulta imposible, me cierro, no entiendo para, después, sentirme culpable de haber pensado con incredulidad. No es fácil ponerse del otro lado, abandonar nuestro punto de vista y mirar con naturalidad el contrario. Como dice el refrán: “para gustos, colores”, pero ciertos temas me nublan la vista. Por ejemplo, respeto las aficiones ajenas pero me sigo sorprendiendo ante alguien al que no le gusta leer (cosa a la que debería estar acostumbrada porque la media de los que no leen es bastante superior a la de los que sí lo hacen). Me sorprendo porque, a mi entender, el mundo del libro es tan amplio que todo tiene cabida; hasta la mala literatura. Supongo que ese contrario encontrará igual de asombroso que a mí no me guste bailar o hacer deporte.Escrito por Rayuela a las 20:54 8 comentarios
lunes, 8 de septiembre de 2008
El placer del libro (II)
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martes, 2 de septiembre de 2008
Mi tiempo a través de los libros
Antes de aprender a leer, por mi casa circulaba una colección de cuentos clásicos de gran tamaño a los que siempre me he referido como "los cuentos verdes" por ser ese color el que caracterizaba su diseño; además, venían acompañados de un vinilo en donde eran recitados. Fue mi primer contacto con las historias tradicionales y probablemente también con la mentira y las ganas de leer, pues memorizaba los párrafos de cada página, ¡y los cortes de palabras!, y presumía ante mi vecino de que ya sabía leer... Recuerdo a Piel de asno, El traje nuevo del emperador, La oca de oro, Los cisnes salvajes...
En 3º o 4º de primaria (EGB) la maestra nos hacía llevar un "diario de lecturas", consistente en una carpetita a la que íbamos añadiendo fichas con cada libro leído (incluso debíamos incluir una ilustración propia sobre cada uno). Esto, además, se reflejaba en una cartulina colgada en la pared en la que figuraban nuestros nombres y, al lado, un gomet por cada lectura. El color del gomet iba en función de la cantidad de páginas y el más elevado era el azul , que dos amigas y yo conseguimos casi simultáneamente con el mismo título: La historia interminable. ¡Qué orgullo sentimos aquel día!
Recuerdo que ...
... leía Canción de Navidad en el patio del colegio, mientras mis amigas jugaban a la goma;
... y Yo, Claudio el día que fui a buscar mis calificaciones finales de 8º;
... me regalaron Crimen y castigo un sábado lluvioso que fui a ver El rey león e intenté no empezarlo antes de finalizar los exámenes (no lo conseguí);
... mi madre regresó de un viaje a Buenos Aires y me trajo, recuperados de la biblioteca familiar, El barón rampante, Cumbres borrascosas y La perla, ese olor todavía me acerca a mi primer hogar;
... llevaba en el bolsillo un ejemplar diminuto de Humillados y ofendidos durante la semana de recuperación de exámenes de 3º de BUP;
... salí estupefecta de la librería Colón cuando, por fin, conseguí La última tentación (recién reeditada) que perseguía desde hacía meses tras haber visto la película de Scorsese;
... me regalaron el Ulises el día que me quedé en casa estudiando "Latín y cultura clásica" para mis primeros exámenes universitarios, medio desesperada por apuntes ininteligibles de clases jeroglíficas (no por el latín sino por el discurso del profesor);
... leí muchos libros frente a las costas gallegas los sábados por la tarde, desafiando al viento y enchufada al walkman;
... me llevé a Rimbaud a las rocas más de una vez, lo pinté de rojo, de azul y de ceniza;
... los primeros libros que leí a mi llegada a Valencia fueron Los propios dioses, El golem y, por segunda, necesaria e imperativa vez, Rayuela (con ella terminé literalmente el 2002 y comencé el 2003, campanadas de por medio); tres lecturas magníficas;
Y podría seguir y seguir tirando del hilito... De cada etapa recuerdo mis libros como parte fundamental, porque con ellos aprendí, descubrí, conocí y, por descontado, crecí. Ellos fueron, en gran medida, impulsores de mi pensamiento, de mis decisiones, de lo que era entonces y soy ahora.
Cada libro tiene su momento, y cada momento... su libro.
Escrito por Rayuela a las 19:21 6 comentarios
lunes, 25 de agosto de 2008
¿Cuánto cuesta vender un libro?
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jueves, 7 de agosto de 2008
El sueño de... ser pintor
El sueño de Paul Gauguin
Texto e ilustraciones de Alberto Urcaray
El sueño de Velázquez
Texto e ilustraciones de Marta Rivera Ferner
El sueño de MiróTexto e ilustraciones de Carles Arbat
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martes, 29 de julio de 2008
Incertezas de la traducción
Escrito por Rayuela a las 20:15 4 comentarios
viernes, 25 de julio de 2008
Libro nuevo, libro viejo
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martes, 22 de julio de 2008
Los descubrimientos felices
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jueves, 17 de julio de 2008
La imaginación no se da gratis

“La imaginación no se da gratis, hay que ganársela. […] Se puede y se debe ejercitar la capacidad de asombro.“Mirar y pensar por cuenta propia exige un esfuerzo, una dedicación, un precio que no todos –yo diría que muy pocos- están dispuestos a pagar. Exige, por ejemplo, una cierta lentitud y, precisamente, en un mundo donde todo invita a la velocidad anestesiante, y a la fugacidad de las cosas y de las ideas; exige conciencia en una sociedad donde la responsabilidad y la desidia son hábitos ya casi honorables; y exige soledad y recogimiento, no la soledad melancólica sino la placentera y laboriosa de la incertidumbre y de la inteligencia.“Sentir es un modo maravilloso de conocer, y quien sabe sentir, sabe imaginar.”
Hace unos días, quizás inconscientemente con estas palabras en la cabeza, de repente me dije: “¡Menos mal que tengo imaginación!”, porque sin ella me sentiría muy sola. Siempre la he visto como un tesoro preciado, delicado, de incalculable valor y que tiene un lugar privilegiado en mi maleta. La llevo a donde quiera que vaya y ella solita entra en escena casi sin darme cuenta. Nada más cierto que aquella expresión que dice que “la imaginación vuela”. Realmente lo hace: despliega las alas y lo cubre todo, cuando nos damos cuenta nuestra realidad inmediata se ha visto modificada con el toque particular de la imaginación. A veces, ya lo he comentado antes, imagino situaciones absurdas y humorísticas mientras espero (o desespero) en una cola, en una sala excesivamente formal, en un ambiente aburrido y vulgar. Imagino a partir de una palabra, de una imagen, de un sentimiento veloz. Imagino sobre aquello que deseo y también sobre lo que no; imagino cosas que sucedieron y conozco, y sobre cosas del lado que no vi. En ocasiones, lo reconozco, imagino con tanta fuerza que llego a dudar de si realmente lo viví, me doy cuenta y me río, pero en el fondo siento una felicidad cómplice. Así que una de las cosas que más agradezco tener, ejercitar y valorar es mi imaginación, y me cuesta comprender que haya personas (porque las hay) que carecen por completo de ella, o que la tienen tan relegada que ésta vuela bajo y poquito.
Escrito por Rayuela a las 21:10 3 comentarios
martes, 15 de julio de 2008
Lecturas de juventud II
Tuve mi etapa romántica con el Werther de Goethe -que leí y sufrí-, Jane Eyre o Cumbres borrascosas (me resultó poco más que insoportable tanto histerismo). Me inicié en la novela histórica de la mano de Mika Waltari y su Sinuhé, el egipcio que fue una obra que me maravilló y me hizo sentir el antiguo Egipto con los cinco sentidos (recuerdo la descripción de los olores, sabores, ungüentos); el siguiente gran impacto lo obtuve con Yo, Claudio de Robert Graves, sumergida de lleno en las intrigas romanas. Años atrás había leído una edición juvenil que relataba la biografía del emperador que me cautivó desde el primer momento; me admiraba la superación de los obstáculos de Claudio y la hipocresía, cinismo, maldad y afán de venganza de la élite imperial (la guinda del postre me llegó varios años después cuando mis padres me regalaron la colección completa de la serie televisiva de la BBC).
Por supuesto, me adentré en las aventuras de Dumas, en especial con Los tres mosqueteros. Tras ellos los demás: La mano del muerto, La Reina Margot, El collar de la reina... Siempre he dicho que con Dumas, además de diversión, se conoce mucha historia.
Los grandes descubrimientos "espirituales" me llegaron uno detrás de otro, con los ojos abiertos, la reflexión confusa y un sentimiento de estar adentrándome en una literatura densa, de disfrute y pensamiento. Me empaché con Herman Hesse, primero con Siddhartha -me tocó en una época realmente muy espiritual- y luego con El lobo estepario, del que el "Tractat" fue un manual varias veces leído; después, más Hesse (Demian, Bajo la rueda, etc.). Kakfa me volvió el mundo del revés y me sumió en una fiebre metafórica y literaria con El proceso, una escalera de caracol subiendo y bajando sin orden ni sentido. Wilde con El retrato de Dorian Gray, una de las novelas que más he saboreado y con uno de los estilos más pulcros y hermosos; siguió el De profundis y varias obras teatrales.
Lo de Dostoievski fue un salto de madurez lectora: Crimen y castigo me dejó con los sentidos multiplicados y un mayor interés por la psicología; de su mano conocí la dulzura con Noches blancas, una pequeña joya.
Joyce y su Retrato del artista adolescente, con el firme compromiso de leer el Ulises -promesa que mantengo... Homero, Calvino (El barón rampante, una de mis mayores delicias), Víctor Hugo, Pessoa (El libro del desasosiego, con el que me identifiqué en tantísimos niveles), El diario de Ana Frank, Camus, Sartre, Shakespeare, Poe... Y tantos otros libros que se quedan en el olvido y el tintero.
Todos ellos, a su especial manera, fueron mis primeras semillas lectoras con las que aprendí no sólo de Literatura, sino de mí misma y del mundo.
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lunes, 14 de julio de 2008
Lecturas de juventud I
¿Qué leen los niños? ¿Cuáles son sus primeras aproximaciones a la lectura? Al menos éstos que siguen fueron los libros que a mí me cautivaron entonces y gracias a los cuales hoy no me concibo si no es, en parte, leyendo.
Sin remotarme a mis primerísimas lecturas, pues creo que ni yo misma las recuerdo -multitud de cuentos, álbumes, plagados de ilustraciones- sí tengo una clara memoria de aquellos libros que me fueron iniciando, poco a poco, en el verdadero placer de la lectura.
Dentro de lo más "infantil", es decir, de aquellas lecturas más propias de una edad temprana destaco, cómo no, la prole editorial de Enid Blyton. Creo que muchos de nosotros compartimos las sagas de Los cinco y Los siete secretos (éstos últimos me resultaban más aburridos que los primeros, sin duda "Los cinco" eran mis favoritos). En clase los del "grupo lector" -muchos eran todavía reacios a la letra impresa- estábamos encantados con sus aventuras, hasta el punto de organizar también nosotras varios clubes secretos (¡creo que todavía conservo el carnet!). Por el patio de la escuela tratábamos de emular a esos cinco personajes y de localizar casos detectivescos para descifrar.
Tras "Los cinco", hubo una etapa de euforia con otra saga -ésta puramente femenina- iniciada por Las gemelas de Santa Clara. La vida de unas gemelas y sus compañeras en un internado. En este caso, como no había posibilidad de club secreto, optamos por llevarlas al teatro y escenificar algunos pasajes.
Creo que el gran tercer "momento lector" fue el protagonizado por las aventuras de El pequeño vampiro, cuyos libros nos intercambiábamos constantemente. Todavía recuerdo la dulzura de la hermanita menor del vampiro, Anna, que en vez de sangre optaba por la leche.
Durante una época también estuve enganchada a una niña detective, Trixie Belden que, sin embargo, no caló entre mis compañeros (de hecho, yo era la única que la conocía y leía).
Al margen de aventuras en serie como las que acabo de mencionar, evidentemente hubo un lugar destacado para Mujercitas, lectura repetida unas tres veces e identificación con la valiente Jo. Años después leí Hombrecitos pero ni me cautivó, la recuerdo como una lectura bastante poco motivada.
Entre todas estas aventuras en saga y demás libros "infantiles", picotée de las clásicas novelas como La isla del tesoro, Huckleberry Finn, Robinson Crusoe, Alicia en el País de las Maravillas, etc. Pero hay otros títulos que recuerdo con más profundidad o, al menos, que me dejaron una huella más profunda. En primer lugar destaco Canción de Navidad de Dickens. Hoy día, Dickens no es santo de mi devoción; Oliver Twist se me hizo pesado y me quitó las ganas de seguir ahondando en sus novelas..., pero ésa primera lectura me gustó, me absorbió. Me veo leyéndola en el patio del colegio mientras mis amigas saltaban a la goma (y yo la sujetaba). De hecho, creo que fue el libro que escogí para prestar a la incipiente biblioteca infantil de la clase.
Los cuentos de la selva de Horacio Quiroga que, por fin, tras haberlos oído relatados de boca de mi madre, podía ahora leerlos por mí misma. Siempre he pensado que me gustará contarles estos cuentos a mis hijos...
Pero si existe un libro que considero punto de inicio en mi vida lectora, pues con él mis ganas por aprender a leer se multiplicaron gracias a mi madre quien, cada noche, me leía o contaba algún fragmento hasta hacer surgir en mí la curiosidad y empujarme a su lectura, es: La colina de Watership de Richard Adams. Tardé muchos años en leerlo completo, pues lo comenzaba y dejaba a la mitad. Lo curioso es que era una lectura que me engachaba y me hacía disfrutar, aún hoy no entiendo esa demora... Lo mejor de todo es que, al leerlo, notaba lo mucho que aprendía y las muchas cosas que no comprendería hasta tiempo después.
Otro de mis grandes descubrimientos -y reto en lectura- fue La historia interminable de Ende. Debió ser el primer libro "de cierta longitud" que leí. Recuerdo este hecho porque en 4º de EGB teníamos un control de lecturas -debíamos hacer una pequeña reseña de cada libro en nuestra libreta, dibujo incluído- que se marcaba con pegatinas de diferentes colores según la extensión del libro. La historia interminable supuso la "pegatina azul", ¡la más alta! El día que lo concluí -fue una lectura compartida con dos compañeras- sentí que estaba entrando en una etapa más evolucionada de lectura. Recuerdo las páginas escritas en rojo y en verde, diferenciando el mundo de Bastian y el de Atreyu que, finalmente, se fusionarían. El comienzo de cada capítulo con la primera letra del texto en una hermosa caligrafía. Y el sello de las dos serpientes que yo deseaba que también se iluminase y cobrase vida.
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miércoles, 9 de julio de 2008
Aira, Cortázar, lo bueno y lo nuevo
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jueves, 3 de julio de 2008
¿El título es el espejo del libro?
Siempre he pensado que un buen título es un gran primer paso hacia el público. Constituye la cara visible de la obra, la información que llega antes, en resumen, lo que llama la atención. Precisamente por ello su elección es una tarea que conlleva no pocos quebraderos de cabeza. Por un lado tenemos el acto creativo, patrimonio del artista, que cada uno resolverá a su modo (personalmente lo dejo siempre para el final, a no ser que me vea atacada por un arrebato de inspiración perfecto); pero, después, y aquí llega lo más temible, debemos enfrentarnos al acto de la traducción/interpretación. Admito que en ocasiones resulta difícil traducir a otra lengua lo que el autor quiso decir en una frasa exacta y, en cierto modo, "lapidaria" (por su importancia): juegos de lenguaje, connotaciones que pertenecen a una cultura muy concreta, referencias locales, etc. Pero hay casos en los que ni por cuestiones de marketing puede salvarse un título mal elegido -en otros, hasta es contrario a todo atractivo comercial-.Así me maravillo ante títulos geniales y meso mis cabellos ante otros increíbles por lo vulgar y por lo desconcertantemente lejos que se encuentran del mensaje. A veces, por suerte, descubrimos una gran obra tras un título espantoso, y otras, por desgracia, nos sentimos traicionados por lo que prometía tanto en su fachada y resultó ser tan poco en su interior. Dicho esto, lo más fiable -nunca al cien por cien, claro- es no dejarse atrapar únicamente por un nombre y rascar un poco más de información antes de elegir.
Hoy me ocuparé de lo que, para mi gusto personal, son títulos grandiosos, bellos o simplementes exactos.
La mano izquierda de la oscuridad (The left hand of darkness), de Ursula K. Le Guin. Sencillamente me encanta, por su misterio hermoso.
El dios de las pequeñas cosas (The god of small things), de Arundahti Roy. En realidad no es que encuentre bello este título -en cierta manera, la referencia a una deidad me frena- pero lo considero sumamente expresivo de la novela, una historia llena de cosas chiquitas que ocultan otras mayores. Como la canción de Serrat...
Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d'inverno un viaggiatore), de Italo Caalvino. Uno de esos que invita instantáneamente a abrir el libro, y así comienza el propio texto... Anima a más e interrumpe...
Seis personajes en busca de autor (Sei personaggi in cerca d'autore), de Luigi Pirandello. ¡Cómo no leerlo! La creación dentro de la creación, la conjunción de realidad e imaginación.
Libro del desasosiego (Livro do Desassossego), de Bernardo Soares / Fernando Pessoa. Una de las cosas más hermosas y desasosegantes que he leído en mi vida. Cada página te agarra pulmones y corazón.
[No podía faltar...] "Cuello de gatito negro", Todos los fuegos el fuego, "La noche boca arriba", de Julio Cortázar. Tres de muchos.
El hombre que fue jueves (The man who was Thursday), de Chesterton. Fue lo que me atrapó y, a pesar de haber disfrutado mucho del libro, me sigo quedando con el título, tan sugerente y humorístico.
Felicidad clandestina (Felicidade clandestina), de Clarice Lispector. El libro entero y el relato homónimo son joyitas para degustar con suavidad. Es la sensación precisa que experimenta todo lector apasionado.
Cierro con una decepción que fue tanta que me costó creerla: La felicidad de los ogros (Au bonheur des ogres), de Daniel Pennac. Las primeras páginas se me atravesaron como pocos libros y, por mucho que respiré hondo con la mirada fija en la carátula -en un intento desesperado por caer seducida-, no pude más que devolverlo a la biblioteca con una tristeza aterradora.
Escrito por Rayuela a las 19:11 3 comentarios
miércoles, 2 de julio de 2008
Cuando recuerdo un libro...

Escrito por Rayuela a las 20:59 0 comentarios







