lunes, 8 de septiembre de 2008

El placer del libro (II)

Traer a mi mente, recordar pasando páginas imaginarias, todos los libros escritos que deseo leer. Me embarga entonces la angustia de lo inabarcable, el temor de perder los ojos antes de capturar tantas palabras unidas por otros de forma única. Pero me embarga también la felicidad aliviada de tener la certeza de que la lectura carece de puertas cerradas, la sabiduría cómplice de que ni la más habilidosa imaginación será capaz algún día de crear todos los libros del mundo.

Albergar en mi interior la verdad: en cada rincón del tiempo y el espacio existe, en perpetua génesis, una nueva biblioteca de Babel.

El placer arrebatado, a duras penas refrenable, de la necesidad imperiosa de la próxima lectura. Doble placer en dos caminos: al conocer mi siguiente elección, y al barajar entre las distintas páginas que podré rozar. La libertad de saltar a gusto y acomodo entre títulos, autores, épocas y estilos.

Aquí yace otra de las infinitas razones por las que amo y sufro la Rayuela de Cortázar: supone la confirmación de que el lector cae y rebota continuamente en el juego dibujado a tiza. Cada casilla un nuevo libro, dentro de él múltiples rayuelitas con nombre propio o anónimo, con intentos externos o vocación de normativa interna, con todas las palabras que dan sentido y lo confunden, en blanco o en colores. La lectura no puede ser más -cuando es apasionada, necesaria, oxigenante- que una enorme rayuela en movimiento en la que juegan el autor y los lectores, de forma consciente o ignorando el desbarajuste lúdico.

Leo y tiro la tiza al comienzo y al final de cada párrafo, cuando me topo la palabra exacta -jamás intercambiable- que produce la taquicardia (en lo bueno, en lo malo) en las manos del escritor. Así que, en el fondo, cada vez que abro un libro estoy desprecintando una cajita de tizas.



viernes, 5 de septiembre de 2008

Palinuro de México, Fernando del Paso



Palinuro de México
Fernando del Paso
Alfaguara
ISBN: 84-204-2108-1
730 páginas

Premio de Novela México 1975
Premio Rómulo Gallegos 1982


Ésta no es una obra de ficción.
La razón por la cual algunos
de sus personajes prodrían parecerse
a personas de la vida real,
es la misma por la cual algunas
personas de la vida real parecen
personajes de novela.
Nadie, por lo tanto, tiene derecho
a sentirse incluido en este libro.
Nadie, tampoco, a sentirse excluido.

Fernando del Paso




Hará cosa de dos años me encontraba en la biblioteca ávida de algo nuevo; un título, un autor desconocido, un lomo que me saltara a los ojos con un guiño. Iba yo recorriendo estanterías y completamente entregada al “destino” que me llevaría hasta el descubrimiento de páginas memorables, cuando caí en éste. Supongo que lo que llamó mi atención fue el nombre de “Palinuro” que, además, iba completado con “México”. Tomo viejo, algo desvencijado, de edición incómoda y mamotrética. Supongo que lo abrí al azar y leí algunas líneas y, entonces -hubiera sido incomprensible no hacerlo- me dirigí al mostrador para hacer efectivo mi préstamo. Digo que hubiera sido imposible no llevármelo porque se caiga en la página que se caiga supone, directamente, desplomarse de golpe en el mundo-Palinuro. Cómo no iban a atraparme todas esas palabras unidas por la rareza, la imaginación, la poesía, la risa, la hermosura, el ritmo…, definitivamente el ritmo.

Se fue a casa conmigo y allí se quedó algunos meses, con renovaciones y devoluciones por horas de por medio. Lo leí con lentitud, a veces abandonándolo durante días y poniéndole candado; otras veces lo leí marcando las páginas con carcajadas que las desordenaban; lo leí confundida por una vigilia mal llevada, ¿estaba yo soñando o era el libro el que soñaba?; lo leí odiándolo un poquito; lo leí dando las gracias a esa biblioteca, a esa estantería, a ese juego de “encontrar por sorpresa”; lo leí mientras me comía la belleza por adentro; lo leí comprendiendo, de nuevo, que la palabra es un regalo; lo leí ofendida de no haberlo conocido antes, de que otros no lo conocieran; lo leí, casi todo el tiempo, aturdida por la perfecta consonancia de destreza y juego.

Cuando llegué al final que no es final y me obligué a devolverlo, me rompí un poco creyendo que sería muy difícil tenerlo en mi biblioteca. Pero como cuando algo me aturde y maravilla se lo cuento a medio mundo, hubo un cachito de ese mundo que lo encontró por casualidad en una librería de viejo. Procedió a esconderlo en lugar no visible y a avisarme del encuentro. Felicísima esa tarde lluviosa que corrí a hacerlo mío sin carnet de préstamo. (Según nota manuscrita con pluma, su propietario anterior, que empezaba por R, lo hizo suyo -temporalmente- un 13 de noviembre de 1994.)

¿Por qué cuento tanto del cómo lo leí y nada del qué leí? Ah, amigos, porque no se puede explicar lo que es Palinuro. No puedo decir quién es, ni siquiera cuántos son, ni lo que le pasa a lo largo de la historia que no es historia, sino vida. Es decir, pasa todo y pasa nada. Pasa que ríe, llora, se enamora, se enfurece, no entiende y comprende, está en el suelo, en la calle y en la pared, duerme, sueña, ama y desama… Y en todas esas situaciones, están las palabras, que son muchas y bailan juntas, y juegan, juegan, juegan… Y mienten. Porque a Palinuro le encanta mentir. Pero son mentiras del lenguaje que inundan los ojos.

Leer a Palinuro es como caerse por el agujero de Alicia: saltan los relojes, las teteras, el conejo blanco y los gatos invisibles. Es posible que no entendamos, pero es seguro que eso no importa. Basta con desear soñar que imaginamos.

Y… voilà! Cerramos el libro y, qué cosas, nos damos cuenta de que nos hemos quedado dentro.

Ésta es mi historia con Palinuro. Un poco de Palinuro para compartir.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Trivia de Arte 9

¿A qué obra pertenece este fragmento?



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SOLUCIÓN A LA TRIVIA DE ARTE 9:

(Magnolia de Acero)

Lot y sus hijas

Lot y sus hijas
Maestro flamenco desconocido
(atribuido a Lucas van Leyden)
1504-1530
Óleo sobre lienzo, 58 x 34 cm
Museo del Louvre, París

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Little judicious cutting

Hace unos meses estuve sumergida en el primer tomo de las Cartas de Julio Cortázar -sin duda mi mayor placer literario del año- y, como no podía ser de otro modo, terminó manoseadísimo y muy subrayado. Entre las páginas señaladas, hubo una que me causó risa por lo acertada y justa que era. Se trataba de una respuesta a Kathleen Walker, directora de la revista Américas, sobre la propuesta de ésta de publicar el relato "Casa tomada" pero "condensándolo por falta de espacio". Aquí transcribo los párrafos más llamativos:


Lamento mucho decirle que lo que en [su carta] se califica de "little judicious cutting", y especialmente las "condensations" tan hábilmente llevadas a cabo por los esfuerzos conjuntos de dos editors de las ediciones española e inglesa de Américas, me parecen mutilaciones inaceptables desde todo punto de vista.

Sé muy bien que mi cuento es demasiado largo para la revista. [...] un vendedor de marcos no pretenderá que un pintor suprima varios centímetros de su tela para que encaje exactamente en el modelo disponible. En este caso el marco es Américas, y si mi cuento es realmente tan digno de ser publicado como lo señala la última frase de su carta, el marco debe servir a la tela, y no viceversa. Lo contrario será, quizá, excelente periodismo; pero ya se sabe que del buen periodismo sale la mala literatura.

No me crea vanidoso ni pedante. Deseo simplemente dejar constancia de que para mí un cuento no se diferencia intrínsecamente de un poema, en el sentido de que sus valores rítmicos, la estructura de la frase y el desarrollo de la acción deben cumplir sobre el lector un efecto de carácter análogo al de la poesía. [A continuación, Cortázar "amputa" un poema de T. S. Eliot para ilustrar sus palabras.]

[...] Personalmente, me hubiera parecido muy razonable que Ud., por razones literarias, me sugiriese cortes y condensaciones de mi cuento. Lo que me subleva, y me obliga a contestar negativamente a su carta, es que esas modificaciones provengan tan sólo de una falta de espacio.

[...] Excúseme la vehemencia de esta carta, pero defiendo en ella algo que creo esencial a la definición misma de lo que debe ser un escritor. Nada podría agradarme más que la publicación de un cuento mío en Américas [...]. Deploro, pues que los términos que se me proponen me resulten inaceptables.

Julio Cortázar
París, 26 de octubre de 1958


La respuesta de la señora Walker fue:


Touché! Pensamos publicar el cuento íntegro en nuestro próximo número (aunque tengamos que imprimirlo en los márgenes).


¿Qué pensáis? ¿No es, como poco, "sorprendente" que un editor tenga esta idea sobre la literatura? Como si hubiera un esquema estricto a seguir y se pudiera sustituir y recortar con libertad la obra del autor. Lo que trae a mi memoria que hace años alguien (por suerte no recuerdo quién) me pidió que le indicara algún tipo de fórmula o receta para escribir un poema, así podría saber cuándo, cómo y en qué cantidad debía aplicar una metáfora, una aliteración y cualquier otra figura retórica... Eso es, desde luego, un caso muy extremo, pero sí es cierto que hay editores para todos los colores (quiero pensar que abundan más los que hacen honor a su oficio).

martes, 2 de septiembre de 2008

Mi tiempo a través de los libros

Es curioso cómo se nos encienden a veces las bombillas de la mente, las asociaciones veloces que nos llevan a recordar momentos, palabras e imágenes lejanas; confieso que en ocasiones me río sola al rememorar algo tirando de un hilito. Estos días pensé en gomets, en esta entrada de Leofumopio y hoy mismo en esta otra, a lo que sumamos que siempre ando dándole vueltas al paso del tiempo (con felicidad y sin amarguras, sólo con un tanto de morriña), y terminé reflexionando sobre los libros en distintas etapas de mi vida.

Antes de aprender a leer, por mi casa circulaba una colección de cuentos clásicos de gran tamaño a los que siempre me he referido como "los cuentos verdes" por ser ese color el que caracterizaba su diseño; además, venían acompañados de un vinilo en donde eran recitados. Fue mi primer contacto con las historias tradicionales y probablemente también con la mentira y las ganas de leer, pues memorizaba los párrafos de cada página, ¡y los cortes de palabras!, y presumía ante mi vecino de que ya sabía leer... Recuerdo a Piel de asno, El traje nuevo del emperador, La oca de oro, Los cisnes salvajes...

En 3º o 4º de primaria (EGB) la maestra nos hacía llevar un "diario de lecturas", consistente en una carpetita a la que íbamos añadiendo fichas con cada libro leído (incluso debíamos incluir una ilustración propia sobre cada uno). Esto, además, se reflejaba en una cartulina colgada en la pared en la que figuraban nuestros nombres y, al lado, un gomet por cada lectura. El color del gomet iba en función de la cantidad de páginas y el más elevado era el azul , que dos amigas y yo conseguimos casi simultáneamente con el mismo título: La historia interminable. ¡Qué orgullo sentimos aquel día!

Recuerdo que ...

... leía Canción de Navidad en el patio del colegio, mientras mis amigas jugaban a la goma;

... y Yo, Claudio el día que fui a buscar mis calificaciones finales de 8º;

... me regalaron Crimen y castigo un sábado lluvioso que fui a ver El rey león e intenté no empezarlo antes de finalizar los exámenes (no lo conseguí);

... mi madre regresó de un viaje a Buenos Aires y me trajo, recuperados de la biblioteca familiar, El barón rampante, Cumbres borrascosas y La perla, ese olor todavía me acerca a mi primer hogar;

... llevaba en el bolsillo un ejemplar diminuto de Humillados y ofendidos durante la semana de recuperación de exámenes de 3º de BUP;

... salí estupefecta de la librería Colón cuando, por fin, conseguí La última tentación (recién reeditada) que perseguía desde hacía meses tras haber visto la película de Scorsese;

... me regalaron el Ulises el día que me quedé en casa estudiando "Latín y cultura clásica" para mis primeros exámenes universitarios, medio desesperada por apuntes ininteligibles de clases jeroglíficas (no por el latín sino por el discurso del profesor);

... leí muchos libros frente a las costas gallegas los sábados por la tarde, desafiando al viento y enchufada al walkman;

... me llevé a Rimbaud a las rocas más de una vez, lo pinté de rojo, de azul y de ceniza;

... los primeros libros que leí a mi llegada a Valencia fueron Los propios dioses, El golem y, por segunda, necesaria e imperativa vez, Rayuela (con ella terminé literalmente el 2002 y comencé el 2003, campanadas de por medio); tres lecturas magníficas;


Y podría seguir y seguir tirando del hilito... De cada etapa recuerdo mis libros como parte fundamental, porque con ellos aprendí, descubrí, conocí y, por descontado, crecí. Ellos fueron, en gran medida, impulsores de mi pensamiento, de mis decisiones, de lo que era entonces y soy ahora.

Cada libro tiene su momento, y cada momento... su libro.


La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

jueves, 28 de agosto de 2008

Trivia de Arte 8

¿A qué obra pertenece este fragmento?



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SOLUCIÓN A LA TRIVIA DE ARTE 8:

(Veronika y Magnolia de Acero)

Hacia el oeste, Jackson Pollock

Hacia el oeste
Jackson Pollock
1938
Óleo sobre lienzo 38,3 x 52,7 cm
Museum of American Art. Smithsonian Institution

miércoles, 27 de agosto de 2008

Al filo... de las hojas

Qué bueno y cierto es eso que dicen de "no te acostarás sin haber aprendido algo nuevo cada día". Uno de los aprendizajes de hoy es que, a partir del siglo X, ciertos editores de libros de lujo añadieron un elemento más de belleza a sus obras: escondían imágenes en el filo de las hojas que sólo podían apreciarse al presionar todas las páginas de una forma específica. Primero fueron dibujos ornamentales, pero desde el XVIII se sofisticaron hasta llegar a ser verdaderas maravillas, como por ejemplo una representación de La última cena de Da Vinci.


Book of Common Prayer (1814)

Un artista británico llamado Martin Frost se ha propuesto rescatar esta curiosa técnica, restaurando y recreando obras que se encontraban en mal estado. En su web podéis ver magníficos ejemplos e, incluso, vídeos.

Una vez más, los libros esconden bellísimos secretos...

Vía: Anfrix

martes, 26 de agosto de 2008

Solaris

Solaris
Stanislav Lem
Minotauro
ISBN: 978-84-450-7355-1
240 páginas

"El astronauta Kelvin se enfrenta a una nueva modalidad de agresión, una especie de enorme inteligencia oceánica que ocupa el planeta Solaris... Éste es el punto de partida de una alegoría de la condición humana, condenada a no obtener jamás respuestas definitivas a su ansia de conocimiento."

Tan sólo he procurado crear una visión de un encuentro humano con algo que estoy seguro de que existe, pero que no puede ser reducido a conceptos, ideas o imágenes humanos.

STANISLAV LEM



Soy lectora voraz pero no muy aficionada a la ciencia-ficción, por lo que cada vez que me acerco a una novela o conjunto de relatos de este género me lo pienso mucho y me tomo mi tiempo. Confieso que todo lo que he leído hasta el momento de esta categoría me ha apasionado, quizás sea porque mi desconocimiento del tema me hace optar por títulos encumbrados y más que recomendados.

A Solaris llegué por la película -la primera, dirigida por Tarkovsky (1972)-. El argumento me fascinó, su misterio, su angustia, su paisaje. En algún lugar he leído que es una "novela paisaje" y, en cierto sentido, así es. Quizás mi lectura se mezcle en la mente con las escenas del film ruso, bellísimas y sugerentes, pero es que tras haber leído la novela no concebiría sus colores y formas de otro modo. Todo queda envuelto por ese océano desconocido y asfixiante, presuntamente inteligente, inquietante a cada minuto.

Solaris es lentitud y pausa, no porque el estilo de Lem sea lento, sino porque el ambiente que allí se respira es de silencio y espacios sin reloj. Se trata de una lectura que nos sumerge en las sensaciones del personaje principal (Kris Kelvin), primero a través del desconcierto y la desesperación por encontrar respuestas, después por una aceptación sentimental de lo irreal. Todo parece onírico, entre sueño y pesadilla. Primero nos atenaza la visita misma de esas "creaciones de la memoria", luego su permanencia y continuidad, finalmente su certeza.

Solaris se teje con argumento de ciencia ficción y con reflexión moral. Intelecto y sentimiento ahora más unidos (y confundidos) que nunca, tocando la fibra más sensible del ser humano: su memoria, su imaginación, su creatividad, su afán de conocer otros mundos... sin conocerse antes a sí mismo.

Nota actual:

Las líneas anteriores fueron escritas justo después de leer la novela, hará ya unos cuatro años. Hace un par de horas terminé de ver la segunda adaptación cinematográfica, hecha en 2002 por Steven Soderbergh. El hilo argumental obviamente es el mismo, si bien hay ciertos elementos bastante diferentes; en ésta hay algún giro interesante que no recuerdo presente en la primera, pero sigo pensando que el ambiente creado en aquélla es superior en intensidad emocional y a nivel poético. Parece ser que Lem y Tarkosvky nunca se pusieron de acuerdo sobre la puesta en pantalla de Solaris: "Amputó todo el paisaje científico y en su lugar introdujo tal cantidad de extravagancias que no las puedo soportar" (Lem, 1987); "él no entendía el cine, y no lo entiende hasta el día de hoy" (Tarkovsky, 1985). Como ocurre casi siempre, cada autor realiza su propia interpretación y, por muy fiel al original que pretenda ser, es inevitable la transferencia de elementos personales.

Pero al margen de la indudable calidad de la novela y de las controvertidas películas, me interesa hacer hincapié en la idea principal de la historia. ¿Cómo reaccionaríamos cada uno de nosotros en un planeta como Solaris? Para los que no conozcan el tema, lo resumiré en unas líneas. Solaris es un planeta en observación caracterizado por la existencia de un gigantesco oceáno en el que se presume existe inteligencia. Al poco de llegar, la tripulación comenzará a verse afectada de un modo peculiar: de algún modo, el océano contacta con cada uno extrayendo información personal de sus sueños y recuerdos. Así, el personaje central, Kelvin, es visitado por su mujer que se había suicidado años atrás. A pesar de los reiterados intentos de deshacerse de ella, tras cada sueño, regresa, sin saber casi quién es, sin entender nada. Es producto de la memoria de Kelvin, un producto perfectamente material, que piensa y siente.

La verdad es que no podría afirmar qué angustia es mayor: si la de él, que intuye lo que ocurre y se debate entre el mundo real y el creado por Solaris, o la de ella, que es consciente de no ser auténtica, con recuerdos vacíos de sensación.

¿Qué seríamos capaces de hacer para que se cumpliera nuestro deseo más anhelado? ¿Preferiríamos verlo cumplido, aunque de forma "irreal", renunciando a todo lo demás? Quizás en un primer momento sea fácil pensar: renuncio a lo irreal, prefiero lo que tengo ahora, completo y vivo, y no un "algo etéreo" formado por recuerdos. Pero si ese deseo es tan fuerte, si el vínculo emocional es tan profundo, ¿cómo rechazar lo que amamos tanto (por ejemplo, una persona), aunque no sea exactamente igual a lo que fue? ¿Razón contra emoción?

lunes, 25 de agosto de 2008

¿Cuánto cuesta vender un libro?

En el Babelia (suplemento cultural de El País) de esta semana se publica un más que interesante artículo firmado por Javier Marías -reciente miembro de la Academia de la Lengua- sobre la empresa editorial: "Esta absurda aventura". En él cuenta los esfuerzos que supone producir, distribuir y vender un libro sin el apoyo de los medios, aún a pesar de tener por detrás grandes nombres (como el suyo propio).

"Los sinsabores de la edición aumentan cuando los medios de comunicación se muestran ajenos. [...] Empiezo a pensar que si uno no da la lata, llama, promociona, ruega, amenaza e insiste, mal lo tiene para que su catálogo suscite interés en los medios especializados. [...] Da lo mismo que uno lance a las librerías rescates fundamentales de autores fundamentales... o que suelte textos interesantísimos desconocidos en español... Si uno no hace relaciones públicas ni pide favores, será difícil que alguien, en las redacciones, se moleste ni en echarles un vistazo".

Las mesas de novedades de las librerías cada vez son ocupadas con mayor monotonía -siempre las mismas, siempre los mismos, durante meses-, góndolas enteras con un único título que, por supuesto, también monopoliza el escaparate y hasta los folletos, cuando los hay. Y se publica tanto y se recibe tanto, que una gran parte se queda en la caja cerrada, con su precinto y todo. Las revistas especializadas hablan de esos títulos, unas tras otras, como si no existiera nada más. Está bien que los reseñen, que los critiquen y que los recomienden si quieren, ¿pero por qué siempre los mismos? Son precisamente esos los que no necesitan más bombos para ser vendidos.

Parece que la literatura se esconde en el fondo de las estanterías y en los almacenes (si hay "suerte"), y el marketing es el que inunda las mesas y las vidrieras. Dentro de nosotros, siempre será cierto aquel verso que dice "...nos quedará la palabra" pero, a veces, tantas veces, es como si quedara un poquito menos.

sábado, 23 de agosto de 2008

El doble en la literatura

"El del doppelgänger -literalmente "doble que camina"- es pues uno más de los mitos engendrados por la idea de dualidad con la que el hombre percibe su entorno. Todo tiene su antónimo: el día en la noche, el fuego en el agua, la vida en la muerte. Aunque la realidad es percibida a través de una infinita gama de matices, por lo general se la suele dividir en dos grandes grupos antónimos representados en las nociones de luz y oscuridad, bondad y maldad. Mi antónimo es mi doppelgänger." (Jorge Gómez Jiménez, "Yo y mi otro yo")

Desde hace un tiempo el tema del doble en la literatura anda rondando, intrigando, duplicando y multiplicando mis inquietudes. Según la Wikipedia "Doppelgänger es el vocablo alemán para el doble fantasmagórico de una persona viva. La palabra proviene de doppel, que significa "doble", y gänger, traducida como "andante". Su forma más antigua, acuñada por el novelista Jean Paul en 1796, es Doppeltgänger, 'el que camina al lado'. El término se utiliza para designar a cualquier doble de una persona, comúnmente en referencia al "gemelo malvado" o al fenómeno de la bilocación".

El tema ha sido tratado desde muy diversas perspectivas, y las variaciones literarias son infinitas, hasta el punto de emerger bajo figuras que en un primer momento no reconocemos como dobles. Desdoblamientos (Jeckyll/Hyde), dobles idénticos ("Willian Wilson"), el caso de Orlando (sobre el que escribió Virginia Woolf), anfitriones y disfraces (Zeus en la mitología griega)..., son numerosísimos los autores que se han vistos tentados por el tema y lo han tratado en cuentos y novelas. Aquí menciono aquellas novelas o cuentos que he leído sobre "los dobles".

FEDOR DOSTOIEVSKI:
El doble: Es una tragedia grotesca protagonizada por un personaje un tanto patético -como tantos de este autor- que un buen día se encuentra frente a frente consigo mismo, su nombre y apellido, trabajo y domicilio, pero con el incómodo hecho de que su "otro yo" gana favores que a él le niegan.

GUSTAV MEYRINK: Entre sus obras son habituales los temas del doble, el sueño como puerta a otra dimensión y las tradiciones folclóricas europeas. Estaba muy influido por la cábala, la alquimia y el pensamiento oriental y, de hecho, se dedicó a las ciencias ocultas.
El golem
La noche de Walpurgis: repleta de elementos extraños y fenómenos curiosos, entre ellos el desdoblamiento de uno de los personajes.

E.T.A. HOFFMANN:
Los elixires del diablo: Un curioso doble -a veces con genealogía confusa- de un monje capuchino de pasado turbulento y demarcador.
"El hombre de arena" , "Los dobles" y "La promesa".

R. L. STEVENSON: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

HENRY JAMES: "El rincón feliz". Aquí pueden leer un interesante análisis del cuento: "El doble como recurso literario".

GIOVANNI PAPINI: "Dos imágenes en un estanque"

EDGAR ALLAN POE: "William Wilson" , "Morella".

STANISLAV LEM: Solaris.

ITALO CALVINO: El vizconde demediado: Un vizconde partido en dos, con sus dos mitades deambulando por los bosques y ciudades, "el lado bueno" y "el lado malo" que, en el fondo, son la misma persona. Se escinden, al principio de forma pura, lo mejor y lo peor del personaje (del hombre), para terminar mezclándose otra vez entre las sombras y perfiles.

JOSÉ SARAMAGO: El hombre duplicado.

MARIO BENEDETTI: "El otro yo".

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: "Diálogo del espejo": Me ha resultado muy interesante, sobre todo cómo narra ese reflejo y concienciación a través del espejo -los espejos dan mucho juego, ya nos lo enseñó, entre otros, Borges-: esa contraposición-igualación entre sí mismo y el reflejado en el espejo, su hermano gemelo.

CARLOS FUENTES: "Chac Mool", Aura.

JULIO CORTÁZAR: "Lejana", "La noche boca arriba", "Axolotl", "El otro cielo" , "Las armas secretas" y, por supuesto, Rayuela (Traveler es el doppelgänger de Oliveira; como curiosidad, en la novela se menciona al golem (¡y yo justo hacía una semana que me había leído la obra de Meyrink! ésas son algunas de las pequeñas casualidades que me encantan).

ADOLFO BIOY CASARES:
La invención de Morel
"La trama celeste": sobre la existencia de mundos paralelos.

JORGE LUIS BORGES:
"Borges y el tema del doble", Carlos Yusti
"Las ruinas circulares": narra la historia de un mago que decide soñar a un hombre y darle realidad. Fabuloso final...
"El inmortal": su protagonista participa a través de los siglos de diversas personalidades. Una profusión de identidades que acaban anulando la personalidad.
"La muerte y la brújula": Un policía de nombre Lönrot persigue a un curioso asesino llamado Red Scharlach; sin embargo, el perseguidor termina siendo atrapado por el perseguido. Lönrot es cazado por el "otro", que no es sino un desdoblamiento de su propia personalidad...
"Borges y yo" , "El otro" , "Los espejos velados".

CURIOSIDADES:

Guy de Maupassant narró en el relato "¿Él?" sus propias experiencias con su doppelgänger.

P.B. Shelley decía haber conocido a su doble, que le había presagiado su muerte.

John Donne afirmaba haber conocido el doppelgänger de su esposa en París.

Uno de los casos más famosos de dobles fue el de Emilie Sagée, registrado por Robert Dale Owen. Sagée era una maestra francesa de una escuela de señoritas del siglo XIX; en diversas ocasiones las alumnas de demás profesores afirmaron haberla visto en dos sitios al mismo tiempo.

¿Y tú, cómo reaccionarías si un buen día te encontraras, frente a frente, con tu doble?

 
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