jueves, 31 de julio de 2008

Trivia de Arte 4

Ya saben:

¿A qué obra pertenece este fragmento?

Siento la mala calidad de la imagen...


Trivia de Arte 4


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SOLUCIÓN A LA TRIVIA DE ARTE 4:
(Magnolia de Acero, ¡4 de 4!)


El pobre poeta, Carl Spitzweg

El pobre poeta (1839)
Carl Spitzweg
Óleo sobre lienzo, 36 x 45 cm
Original en paradero desconocido (fue robado en 1992)
Copia en la Neue Pinakothek (Munich)

martes, 29 de julio de 2008

Incertezas de la traducción

Esta mañana leía en adn.es un artículo sobre la situación del traductor literario ("S.O.S. por la literatura universal") que me hizo retomar una duda que hace años me planteo.

En el artículo se expone la situación laboral de muchos traductores, en general mal pagados y peor valorados. La verdad es que desconozco los términos económicos concretos a los que se refieren, pero sí coincido en que últimamente se les concede menor importancia de la que en realidad tienen. Lo he comprobado incluso a un nivel no literario: me consta que, por ejemplo, para textos técnicos se recurre cada vez más al traductor automático que, ni siquiera en esos casos, es eficiente (todos hemos luchado contra algún manual de instrucciones surrealista e incomprensible). Para más inri, se extiende también la idea de que puede prescindirse del corrector de estilo y entonces el resultado sí que puede ser desastroso (sobre todo porque abundan los escritores con buenas ideas -los hay que ni eso- pero con una pésima conjunción de ortografía, gramática y estilo).

Así que, ¿realmente es tan difícil darse cuenta de lo mucho que debe cuidarse una traducción y/o corrección? He leído grandes obras en pésimas traducciones que me mantuvieron a distancia de poder apreciarlas; al releerlas, entonces sí, en una versión cuidada pude conocer "con algo más de certeza" el verdadero texto (lo cierto es que cuando la traducción es mala no es necesario conocer el original para percartarse del desaguisado).

Por otro lado -ésta es mi duda más antigua-, ¿qué grado de fidelidad podemos suponer en una obra traducida? Conociendo de antemano la imposibilidad de la traducción palabra a palabra (tarea propia de las máquinas), no es difícil imaginar el trabajo que implica trasladar un texto literario de su lengua original a otra diferente. Los juegos de lenguaje, las referencias tan propias de una cultura que pierden sentido al exportarlas, los giros humorísticos, las metáforas... Se traduce, se reinterpreta, al final, se adapta. ¿Con qué seguridad puedo afirmar conocer a Kafka si sólo lo he leído en castellano? ¿Y cómo es Rayuela para un lector en japonés?

Quizás por esto, de forma inconsciente, tiendo más a la literatura hispanoamericana. Leo de todo, en épocas, géneros y nacionalidades, pero me "encuentro más" en la letra castellana. Como si el texto escrito en inglés, francés o alemán me llegara a través de un velo que lo diluye ligeramente.

Libros de exposición

A través de Comunicación Cultural descubro la existencia de un curioso blog: Libros de exposición. Creado por la periodista Susana López del Toro, en él refleja su pasión por los libros en general y, más concretamente, por los libros en miniatura. Las fotos y curiosidades son para hacer la boca agua: por ejemplo, el librito oval titulado El huevo de Colón de 1982 o La biblioteca de Liliput, una exposición que desde hace un tiempo recorre España y que aúna parte de la colección de la autora.

La biblioteca de Liliput


domingo, 27 de julio de 2008

80 años del Romancero gitano

Primera edición del Romancero Gitano
Se cumplen 80 años de la publicación del Romancero gitano de Federico García Lorca. Poesía de la música, del cante, del baile, del mundo gitano. Ochenta años después el duende sigue vivo a través de sus versos. Gracias, Federico.


ROMANCE DE LA LUNA, LUNA

a Conchita García Lorca

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

viernes, 25 de julio de 2008

Libro nuevo, libro viejo

Tendría yo unos 15 años, pleno agosto, nueva amiga y su cumpleaños acechando. Entre otras cosas, decidí regalarle un libro, un título concreto que sabía que le gustaría: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Allá fui de librería en librería por toda mi antigua ciudad gallega y, en una tras otra, encontré lo mismo: agotado, quizás descatalogado y mi ánimo por el suelo ante tan malogrado regalo. Hasta que me topé con un dependiente que me remitió, con seguridad de éxito, a la librería de viejo. Y allá fui, cansada, por la calle de la amargura (literalmente, así se llama). Era un local pequeñito, atiborrado, en plena Ciudad Vieja, con un librero que se intuía tras un mostrador que lo ocultaba casi por completo. Sonriente (cada vez tan sonriente), calmado y con una voz que todavía hoy recuerdo me dijo que sí, que lo tenía, y se fue derechito al estante (sin mirar la ubicación en el ordenador porque básicamente no tenía). Fue la primera compra.

Me hice cliente habitual (toda mi familia de tres), siempre con descuento ante las pilas de libros que encontrábamos cada vez. El día que destinaba a la librería de viejo era un día obligatoriamente feliz. Cruzaba la ciudad, a veces a pie, a veces en autobús, y al llegar a la empinada calle, entre el cansancio, surgía el nerviosismo de la nueva búsqueda. Abría la puerta, el mostrador atiborrado, la sonrisa tapada por libros y ese continuo ruidito de estar rascando páginas (deduzco que lo que rascaba eran etiquetas y precios anteriores). Nos reconocíamos, nos saludábamos y a veces yo recibía la reprimenda del tiempo. Pasillo adelante, tan estrecho, con la escalera temblorosa para los últimos estantes, me sumergía con certeza en las secciones (nunca identificadas, por supuesto, pero conocidas al dedillo) a la espera del libro. Lomo a lomo, hasta que los ojos saltaban: el libro en la mano, la revisión obligada y a la pilita de los que me llevaría.

Por lo general iba sencillamente a la búsqueda de la sorpresa, pero hubo ocasiones en que pedí títulos concretos y conseguí maravillas: mi doble tomo del Ulises de Lumen, Crimen y castigo con una encuadernación especial y bajo revisión de Borges, un compendio de Shakespeare que es para babear...

Buena parte de mi biblioteca tiene el sello de aquella librería. La que más recuerdo, la que más extraño, de la que me despedí hace ya varios años. Sin duda, una de mis grandes morriñas. Desde entonces busco con empeño librerías de viejo. ¿Cómo comparar las nuevas, enormes, con sus secciones bien diferenciadas y sus góndolas monotemáticas, con una de olor antiguo, desordenada, con uno o dos ejemplares de cada título?

Qué placer conseguir un nuevo libro viejo.

Un moucho

jueves, 24 de julio de 2008

Trivia de Arte 3

¿A qué obra pertenece este fragmento?

A ver cuánto tardan con ésta...


Trivia 3
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SOLUCIÓN A LA TRIVIA DE ARTE 3:
(Magnolia de Acero, again!)


El festín de Baltasar, Rembrandt

El festín del rey Baltasar
Rembrandt
Óleo sobre lienzo, 167,6 x 209,2 cm
The National Gallery (Londres)

miércoles, 23 de julio de 2008

Shakespeare & Company

Shakespeare & Company, Editorial Ariel
Acabo de leer un artículo curioso e interesante en ADN: "Mademoiselle Shakespeare (and company)". En él se relata la historia de Sylvia Beach, una joven de Baltimore que, en 1919, abrió en París la librería-biblioteca Shakespeare & Company. Hasta 1941, año en que el local tuvo que cerrar ante la amenaza nazi, fue lugar de encuentro de escritores como Hemingway (a quien Beach le fió el importe de la suscripción), Paul Válery, André Gide, Larbaud, John Dos Passos, Ezra Pound o Scott Fitgzerald. "La Shakespeare funcionaba como estafeta de correos, lugar de cita, oficina de cambio de moneda, editorial, biblioteca y pensión improvisada de todos ellos." Hemingway describe así la librería en París era una fiesta: "En una calle que el viento frío barría, la librería era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida".

Por si fuera poco, fue Sylvia Beach la editora del incomprendido Ulises de James Joyce. Cuando un tribunal de Estados Unidos lo condenó por "ininteligible y obsceno", ella sacó todo su dinero y lo editó. El primer envío del libro a Estados Unidos fue confiscado y, como alternativa, camufló la obra cumbre de Joyce bajo cubiertas falsas de las obras completas de Shakespeare.

En 1941 un oficial alemán se encaprichó del ejemplar firmado que tenía Beach del Finnegan's Wake y, ante la negativa de ésta a vendérselo, la amenazó con regresar al día siguiente y llevárselo. En menos de dos horas, Beach desmontó las estanterías, escondió los más de 5.000 libros y tapó el letrero. Los alemanes no dieron con la librería pero sí con la librera, a la que mantuvieron durante seis meses en el campo de detención de Vittel.

La librería original nunca volvió a abrir sus puertas. Pero diez años más tarde, otra de similar espíritu y a cargo de George Whitman se inauguró en París: Le Mistral. Cuando Sylvia Beach murió, Le Mistral pasó a llamarse Shakespeare & Company, regentada por la hija de Whitman, también llamada Sylvia.

Todo esto lo narra la propia Sylvia Beach en sus memorias, que acaban de ser reeditadas en España por la editorial Ariel.

martes, 22 de julio de 2008

Los descubrimientos felices

En un comentario de una entrada anterior utilicé la expresión descubrimientos felices (descubrimientos literarios, se entiende). Con ello me refiero a ciertos autores u obras concretas que más que gustarme me “abrieron” nuevas puertas. Sí, de cualquier libro, incluso de uno malo, podremos sacar algo bueno, pero hay un grupito selecto que logra tocarnos la fibra, conectar con nosotros a un nivel superior. Cuando pienso en dichos nombres los veo luminosos en mi mente, como si me invadiera una bocanada fresca con sonido a risa. Son libros y escritores que agradezco al bibliotecario invisible haber conocido.

Unos llegan por recomendaciones de terceros, otros por casualidad (un título, una mención veloz, incluso una portada) y otros terminarán, además de luminosos, desencajados por la sorpresa de haber encontrado mucho donde pensábamos vislumbrar poco.

Cuando pienso en este grupito y en sus razones, concluyo que la selección se debe más a algo visceral que racional, a algo que no alcanzo a explicar del todo. Hay grandes obras que están en mi maleta de forma inseparable, obras que me han marcado y descubierto mundos, escritores que leo continuamente y que tengo siempre en el horizonte; sin embargo muchas de esas obras y autores no figuran en el grupito selecto de los descubrimientos felices. Por ejemplo, Cortázar y Calvino, dos de mis cumbres literarias por excelencia. Por otro lado, el grupito incluye a otros que no son, ni de lejos, tan importantes para mí como los dos que acabo de mencionar. Así que intuyo que los motivos de adhesión a los descubrimientos felices son una mezcla de: buena literatura (imprescindible), buena comunicación autor-lector, momento personal que se atraviesa durante su lectura y, quizás, un trasfondo de tipo filosófico o moral. Todos mis descubrimientos felices me han removido algo por dentro, me han absorbido el pensamiento y la imaginación más allá de una concentración necesaria, me han dejado con la cabeza “ida” durante días, a lo mejor un poquito triste. Pronuncio en mi mente esos nombres y algo resuena, una puerta que chirría al abrirse y que me deja ver, por un momento, lo que sentí mientras leía esos libros.

Esto no desmerece el resto de mis lecturas ni resta valor a los externos al grupito; son, por así decirlo, categorías emocionales diferentes. Unos libros traen la llave de una puerta, otros la de una ventana e incluso los hay que atraviesan paredes.

La condición humana, René Magritte

lunes, 21 de julio de 2008

La Princesa Durmiente va a la escuela, G. Torrente Ballester

La Princesa Durmiente va a la escuela
Gonzalo Torrente Ballester
Punto de Encuentro
ISBN: 978-84-663-2096-2
544 páginas

"Una crítica contra la manipulación y las costumbres de la historia de España y de Europa."




Escrita en la década de los cuarenta, pero no publicada hasta 1983, La Princesa Durmiente va a la escuela fue pensada como una de las narraciones que integraría una serie titulada "Historias de humor para eruditos". Según nos dice Torrente en el extenso prólogo, junto a ella figurarían: Ifigenia, Mi reino por un caballo, La posada de los dioses amables (las tres publicadas "con evidente fracaso" -he leído esta última y la disfruté muchísimo, lamentado su corta extensión) y Amor y pedantería, que no llegaría a escribirse.

En una entrada anterior comenté el motivo por el que Torrente Ballester decidió, tantos años después, publicar una obra que había sido rechazada en varias ocasiones: porque este libro constituyó una etapa fundamental dentro de su producción artística, siendo germen de lo que vino después. No silencia los fallos ni los aciertos y, si bien no la considera a la altura del resto de sus novelas, sí destaca cierta calidad literaria.

El argumento es tan desopilante como los de sus obras más afamadas y, a través de él, se conjugan la crítica y el humor. En un país imaginario, el rey Canuto descubre que su destino está escrito desde hace siglos: debe encontrar y despertar a la Princesa Durmiente del bosque y contraer matrimonio con ella. Esta historia tan típica de cuento ocurre a mediados del siglo XX, así que los elementos tradicionales son actualizados y ridiculizados: el poder político, la Iglesia, la prensa, los sindicatos, etc. La verdadera acción comienza en el momento de despertar a la Princesa: hay que traer a nuestros tiempos a una damisela de la Edad Media. ¿Cómo hacerlo sin causarle un trauma irremediable? Tras accidentadas y tortuosas reuniones, los grandes representantes (des)acuerdan establecer un curso acelerado de Historia del mundo para la muchacha. En cuestión de semanas, la Princesa asiste a una sucesión de transformaciones religiosas, movimientos artísticos, guerras, preceptos morales, moda y costumbres. Una conferencia de Martín Lutero por la mañana, una revuelta campesina por la tarde y un acuerdo de paz al caer la noche. El rey, a todo esto, ni pincha ni corta pero se desvive por su enamorada; el jefe de gobierno en un lucha constante con el cardenal; las señoras de la alta sociedad mareando el cotarro y la Princesa..., la Princesa con la cabeza y el corazón a mil revoluciones por minuto.

Como pueden ver, la idea es muy propia de su autor. Sin embargo -ya lo advierte en el prólogo- falla la estructura y, en especial, el desarrollo de las partes. Se alarga demasiado en el tira y afloja entre los distintos poderes por llegar a un acuerdo, haciendo que la Princesa tarde demasiado en entrar en escena (al menos, de forma activa). Hubiera preferido más detalle en las representaciones históricas y menos reuniones burocráticas; de hecho, mucho de lo apuntado en la parte central de la novela se desdibuja por completo hacia el final, haciendo que me pregunte si realmente valía la pena incluirlo.

Destaco, en especial, el giro crítico y humorístico de la historia y el desenlace, totalmente inesperado por el cambio de registro (dramático, turbio, angustiante). Me quedo con un sabor de boca agridulce: dulce porque el talento de Torrente Ballester es indudable y su literatura goza de una elegancia y de una fluidez admirables; agrio porque se queda varios escalones por debajo de las, por ejemplo, magistrales La saga/fuga de J. B. y Fragmentos de Apocalipsis.

Bibliotecas del mundo

Éstas son algunas de las bibliotecas más grandiosas del mundo. He hecho una pequeñísima selección, pero para los que queráis seguir "babeando" podéis ver muchas más en este enlace: Curious Expeditions.

Biblioteca Klementium, Praga Biblioteca Klementium, Praga


Biblioteca George Peabody Biblioteca George Peabody, Baltimore (USA)


Biblioteca del Monasterio Benedictino de Admont

Biblioteca del Monasterio Benedictino de Admont (Austria)


Biblioteca General de la Universidad de Coimbra Biblioteca General de la Universidad de Coimbra (Portugal)


Biblioteca de Bellas Artes, Milán Biblioteca de Bellas Artes, Milán (Italia)


Biblioteca Abbey St.Gallen Biblioteca Abbey St. Gallen, Suiza


Biblioteca Nacional de Francia Biblioteca Nacional, París (Francia)


Biblioteca del Congreso Biblioteca del Congreso, Washington (USA)


Biblioteca del Museo Británico Biblioteca del Museo Británico, Londres (Inglaterra)


Biblioteca Nacional de Austria Biblioteca Nacional de Austria


 
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