lunes, 30 de junio de 2008

El lector desordenado


Desde hace varios años “mi lectura actual” se ha convertido en “mis lecturas actuales”; la mesita del salón (antes era la de noche: cambio de casa, cambio de lugares de lectura) ha pasado de ocuparse con un solo volumen a albergar una pila que sube y baja con periodicidad. Lo cierto es que una de las manías que se me quedaron por el camino fue la de terminar todo libro comenzado (costase lo que costase, aburrimiento por delante) y no alternarlo jamás: uno detrás de otro, en fila india y con absoluto orden. Más tarde me di cuenta de que la manía en cuestión me restaba calidad, tiempo y alegría, y la sustituí por una máxima bastante más eficaz: terminar sólo aquellas lecturas que realmente me interesasen y alternarlas libremente con lo que el azar, el momento o la necesidad dictasen.

Por lógica comodidad procuro que el número de “libros-en-proceso” no sea excesivo y, como medida de refugio y evasión, que los géneros sean distintos. Así alterno la novela con el cuento y el ensayo, lo más denso con algo de argumento más ligero, lo clásico con lo contemporáneo. Confieso que el tiempo no es el mismo para cada lectura; siempre hay una avanzadilla de poca duración y una retaguardia que atraviesa siglos y nacionalidades.

Como me gusta encajar los libros con sus momentos esto me permite disfrutar cada obra en el instante apropiado. Me gusta el orden en la estantería por el que puedo encontrar rápidamente lo que quiero, pero opto con deleite por el desorden en la lectura. Es un poquito como jugar a la rayuela, de casilla en casilla…

[Reflexión: En el fondo, ¿el desorden no implica un orden?]

sábado, 28 de junio de 2008

El sentimiento de lo fantástico, por Julio Cortázar

Julio Cortázar"Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante. [...]

"Un gran poeta francés de comienzos de este siglo, Alfred Jarry, el autor de tantas novelas y poemas muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar [...]. Ese sentimiento es tan natural para algunas personas, en este caso pienso en mí mismo o pienso en Jarry a quien acabo de citar, y pienso en general en todos los poetas; ese sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo en este instante es solamente una parte, ese sentimiento no tiene nada de sobrenatural, ni nada de extraordinario, precisamente cuando se lo acepta como lo he hecho yo, con humildad, con naturalidad, es entonces cuando se lo capta, se lo recibe multiplicadamente cada vez con más fuerza [...]

"Lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos, en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que de una manera primaria y rudimentaria."


Julio Cortázar, extracto de la conferencia dictada en la U.C.A.B. (1982)

viernes, 27 de junio de 2008

Algunas de mis cosmicómicas oscuras

LO QUE NO:

El final del domingo.

La compañía teórica, sin sustancia, sin tiempo relevante.

La impuntualidad.

Recordar un sueño feliz y darme cuenta de que se quedó ahí, en esa semi-conciencia falsa.

La tristeza sin porqué, la angustia que salta y no tiene nombre.

A veces, el vértigo que da el paso del tiempo.

Darse cuenta de que no te escuchan, pero lo intentan disimular.

lunes, 23 de junio de 2008

Bendito Index...

Quema de libros
Estamos a 23 de junio, la noche de San Juan en la que, según diversas tradiciones, confluyen la magia, las brujas y toda suerte de extraños acontecimientos. En muchas regiones se celebra con hogueras y, recordando este hecho, me viene el pensamiento de aquellos libros que fueron quemados a lo largo de la Historia.

Por supuesto, la referencia más inmediata es la de ese inefable invento que fue la Santa Inquisición. Una de sus más “afamadas” acciones fue la creación del Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, es decir, el Índice de Libros Prohibidos. La primera edición, de Pío V, data de 1559 y se concentraba en tres listas:
  • Todas las obras y escritos de un autor prohibido
  • Libros específicos de un autor prohibido
  • Escritos específicos de un autor incierto
Hubo sucesivas actualizaciones hasta su supresión definitiva, ¡en 1966! La última edición publicada –la trigésima segunda- contenía cerca de 4.000 títulos, censurados por razones de herejía, deficiencia moral, sexo explícito o inexactitudes políticas, entre otras.

La labor de revisión y censura quedaba en manos de los bibliotecarios, quienes tenían que aplicar lo referido en el Índex antes de dejar el libro en manos del lector. Por ejemplo, debían cortar o tachar capítulos, páginas y líneas. Incluso los autores posteriores a la lista de censuras podían, ellos mismos, decidir omitir ciertos párrafos en posteriores ediciones (como fue el caso de Cervantes con esta frase del Quijote: “«…las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada»).

Entre otros muchos autores, el Índex incluía a: Anatole France, André Gide, Diderot, Zola, Balzac, Sartre, Rabelais, Descartes, Hume, Erasmo de Rotterdam, Montesquieu, Copérnico... Y obras completas: El contrato social de Rousseau, Los miserables de Víctor Hugo (no fueron retirados hasta 1959), Madame Bovary de Flaubert, el Lazarillo de Tormes, algunas de Dumas, las de Stendhal, Sand, D’Annunzio…

Siento escalofríos al pensar que hasta hace menos de cincuenta años muchas de estas prohibiciones persistían. Sin ir más allá, durante la dictadura militar argentina (1976-1983) se llevó a cabo toda una campaña de “purificación cultural” que incluyó la censura editorial y la quema de libros.

Tampoco inventó “tanto” Ray Bradbury…

domingo, 22 de junio de 2008

Forges y el libro (III)

Forges

sábado, 21 de junio de 2008

Aquellos libros como losas...

The secret life of plants, de Anselm Kiefer

Aquí va mi lista de aquellas obras literarias aclamadas por la crítica, admiradas, laureadas, de lectura imprescindible para escuelas, universidades o lectores autodidactas. Novelas consideradas grandes maravillas de la literatura universal... que me han resultado pesadas, intensamente aburridas, incluso molestas y, sobre todo, eternas. [Ojo: esto no implica que los considere malos libros, simplemente no me gustaron.]

Madame Bovary, de Gustav Flaubert. Recuerdo con hastío y dolor de cabeza lo muchísimo que me costó terminar de leerla. El personaje de Ema Bovary es, sin ninguna duda, uno de los que peor he soportado de todas mis lecturas.

Cumbres borrascosas, de Emily Brönte. Me sentía sumergida en un culebrón histérico dirigido por dos figuras, femenina y masculina, entre las que me sería imposible elegir en una competición de antipatía.

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Adoro Cien años de soledad, adoro El amor en los tiempos del cólera, me gustó Del amor y otros demonios, La hojarasca y buena parte de sus cuentos, pero la Crónica la encontré insulsa, aburrida y llana. Durante su lectura obligatoria en COU no hice más que preguntarme por qué diablos erraron tanto con su elección, rechazando otros títulos de Gabo.

Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes. Como si hubieran sido 500. Cada vuelta de página me pesaba como una piedra.

La colmena, de Camilo José Cela. No me gustó la historia, los personajes, el tono ni el estilo. Es decir, la novela me cae exactamente igual que la persona que la escribió (ejem).

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Una lectura efímera que no me dejó nada.

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Boom de los últimos tiempos que, sin ser (aún) un "clásico", lo incluyo dada la gran relevancia que se le está concediendo. Llegué hasta el final por una suerte de compromiso personal.

viernes, 20 de junio de 2008

El grito silencioso, Kenzaburo Oé

El grito silencioso El grito silencioso
(Mannen gannen futtoboru)
Kenzaburo Oé
Anagrama
Panorama de narrativas
ISBN: 978-84-339-0675-5
352 páginas



"La historia de dos hermanos, Mitsusaburo –«Mitsu»– y Takashi –«Taka»–, que viajan a la isla de Shikoku, persiguiendo las trazas de un antepasado que había capitaneado una revuelta campesina; para emularlo, Taka lleva a los muchachos del equipo de fútbol que dirige a rebelarse contra «el emperador del supermercado». En esa cínica degradación del ideal se esconde una de las claves de esta historia terrible. Las otras pueden hallarse en el ojo ciego de Mitsu; en la decadencia a la que se abandona su esposa tras el nacimiento de su hijo retrasado; en la violencia sorda y constante que atraviesa toda la narración, como un auténtico «grito silencioso». Verdaderamente prodigioso en su capacidad de anudar mito e historia, irritación y ternura, anécdota y parábola, para señalar en un gesto casi desinteresado la profundidad de la locura que se abre bajo las existencias aparentemente «normales», Kenzaburo Oé ha sido comparado por esta novela con Céline y Genet y, por supuesto, con Dostoievski." (Anagrama)

Un libro desolador, no triste sino casi patético: sus personajes, sus razones, sus conflictos. Todo adquiere tintes de un profundo y añejo patetismo. Creo que no hay un solo elemento de belleza pura en esta novela. Historias sucias, sórdidas, de crueldad deforme; personajes construidos/destruidos -que se construyen/destruyen a sí mismos- mediante incapacidades. A pesar del final, con un resquicio de esperanza de mejora para el protagonista, son páginas reunidas de fracasos, fracasos vitales de una columna de seres humanos desolados por su propia miseria.

Por todo esto fue una lectura lenta, interrumpida y, también ella, casi fracasada. Se me hizo de lectura difícil precisamente por el pesimismo y la carga dramática tan destructora de la historia.

Casi la dejo a medio camino pero me obligué a terminarla, de lo cual me alegro. Posee un estilo impecable -demoledor, de imágenes fuertes, directas, todo lo opuesto a lo que podríamos considerar "cándido"- y no puedo más que considerarlo un gran escritor. No obstante, si lo que yo percibí en El grito silencioso se mantiene en el resto de sus novelas -cosa muy probable por otros comentarios leídos y también por ciertos elementos comunes: alcoholismo, niños deformes o enfermos- es una literatura no para todo público. Dicho a las claras: a mí me resultó difícil de digerir. Reconociendo su talento literario, la historia y la visión ofrecida por Oé me sumían en una especie de mal sueño, de esos agónicos en donde te encuentras atrapada, en un camino equivocado. Su lectura me despertó sensaciones contradictorias: buena literatura pero ardua de leer.

jueves, 19 de junio de 2008

¿Qué leen los niños?

Después de leer este interesante post de Veronika sobre el hartazgo con respecto a las publicaciones culturales, me ha venido a la mente una reflexión que hace tiempo me hago sobre el nivel de lectura desde la infancia.

Permanentemente estoy en contacto directo con publicaciones infantiles y juveniles, y me sorprendo al descubrir el rango de edad dentro del que se inscriben. Si tuviera que determinar el público al que se dirigen, siempre rebajaría un par o más de años. ¿Por qué? Porque lo hago pensando en los libros que leía de niña, aquellos que pasaban de mano en mano entre los amigos. Hoy veo lecturas “para 10 años” que a los 8 yo ya hubiera empezado a aburrir. Para los de 8 escriben textos tan simples que consideraría destinados a un primer lector. Después hojeo páginas de literatura juvenil y las encuentro faltas de vocabulario, reiterativas en sus argumentos y totalmente planas en cuanto a estilo. Entonces me pregunto: ¿los niños y adolescentes continúan leyendo a los clásicos? Porque ésas eran las lecturas que nos nutrían en mi época, los referentes culturales básicos para aprender a amar los libros. Con esto no pretendo tachar a los autores actuales, sino más bien establecer una línea complementaria entre aquéllos y éstos.

Hace cosa de una semana charlaba con un buen amigo con el que comparto la pasión por los libros. Me comentaba que psicopedagogos actuales, encargados de formar a futuros maestros y profesores, establecen unos rangos de vocabulario infantil que lejos de animar a los niños a leer, los estancan en niveles inferiores. Si conoces 300 palabras y sólo te dan a leer libros de 300 palabras, difícilmente avanzarás. ¿No sería mucho más eficaz y lógico animarte a leer los de 350 ó 400, y así paulatinamente? Por experiencia propia sé que muchas editoriales piden a los autores que rebajen su nivel de vocabulario, considerado “demasiado extenso”.

La verdad es que los sistemas educativos que estamos difundiendo me provocan un poquito de pavor. Se lee poco y con poco; se copia y repite pero no se enseña la crítica y el análisis. Ni desde los centros ni desde los hogares, la bola se va haciendo grande. Menos mal que siempre hay excepciones, pero son tan escasas que cuando las encontramos, llegamos a sorprendernos.


Mafalda, por Quino

miércoles, 18 de junio de 2008

Sobre el arte de un escritor, por Eduardo Galeano

Eduardo Galeano "El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.

"Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

"Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los primeros pasos.

"Siempre me decía: "Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Entonces cuando escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?, ¿merecen existir realmente?"

Eduardo Galeano

martes, 17 de junio de 2008

¿A qué velocidad lees?

En términos generales, nuestra velocidad de lectura sería (en palabras por minuto):

  • menos de 100 ppm para memorización
  • entre 100 y 200 ppm para aprendizaje
  • entre 200 y 400 ppm para una lectura de compresión
  • entre 400 y 700 ppm, lectura veloz informativa
  • más de 700 ppm, lectura veloz de exploración


Virgen del canónigo Van der Paele, de Jan van Eyck (detalle) Las técnicas de lectura veloz comenzaron a desarrollarse a comienzos del siglo XX, ante el aumento considerable de la información escrita.

Así es que durante la Primera Guerra Mundial se creó el denominado "método taquitoscópico", que permitió a los pilotos, durante el combate, distinguir si el avión que se aproximaba era propio o enemigo. Para ejercitarlos se les mostraban en pantalla diversos aviones durante pocos segundos.

 
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